El Mundial de Rugby IV

Si arranco el primer párrafo de esta palabra de Tizona citando el término RESPETO, pudiera ser que algún oyente, aunque sois queridos y fieles, apagara su dispositivo y lo desconectara, hastiado, tal vez, de oír hablar de respeto y rugby.

Para mí, hay lugares, espacios físicos, que lo primero que me sugieren es eso: respeto. Antes de entrar a valorar su dimensión, su distribución o su mayor o menor belleza, predisponen mi interior a acceder a un sitio que merece mi respeto. Respeto que se traduce primero en silencio sepulcral y después desde ese silencio poderme empapar de lo que, bajo ese techo y entre esas paredes ha sucedido y se ha vivido.

Aparte de monasterios, templos, bibliotecas y viviendas de personajes admirados, uno de esos sitios son los vestuarios. Y ni que decir tiene, que el vestuario de un equipo de rugby, inspira respeto en cantidades ingentes.

Tonga tras un partido de la Rugby World Cup de Japón

Respeto porque es el lugar en el que 23 jugadores se preparan para una noble batalla, cada uno siguiendo su liturgia en forma de rutina, música y vendajes. Porque es el lugar en el que el entrenador deja sus últimas palabras para después ceder la batuta al capitán, quien trata de sembrar en sus compañeros las claves y las actitudes que el partido va a demandar.

¿Y si les digo que el vestuario fue un lindo protagonista del pasado mundial de rugby de Japón? ¡Qué sí, que el mundial fue el año pasado! En ese mes y medio de rugby planetario, hubo dos lindos momentos en los que el vestuario fue testigo de los valores del rugby, manteniendo así su sacralidad.

En el primero, un jugador canadiense fue al vestuario de Sudáfrica y pidió perdón por un placaje incorrecto que había realizado y que supuso su expulsión. Tal nobleza recibió un unánime aplauso por parte de sus adversarios como bonita recompensa y una lata de cerveza. Gracias a Dios, el vídeo se hizo famoso y habitó en muchos dispositivos móviles.

En el segundo, las selecciones de Gales y Uruguay compartieron tercer tiempo en el vestuario de los primeros, mientras disfrutaban de cerveza y del Nueva Zelanda – Argentina.

Ante ambos gestos no podemos por menos ser agradecidos. Tanto con unos y con otros por contribuir, desde la más grandiosa sencillez, a alimentar la santidad del vestuario. Por poner en práctica lo que se predica y se presume. Por mostrar esa otra cara del rugby que tanto nos gusta.

 

El Cid Ovalador