Un equipo, un país: Homenaje a Nelson Mandela

mandela-rugbyHubo un tiempo y un lugar en el que el rugby era odiado por la mayoría de sus habitantes. En aquel país, el rugby simbolizó durante años la opresión, la tiranía, la marginación y la degradación del ser humano sólo por el color de piel.

Entre 1948 y 1994, Sudáfrica vivió bajo un régimen de segregación racial conocido como Apartheid, basado en unas leyes que clasificaban a la población según su apariencia, otorgándoles o negándoles una serie de derechos y privilegios. En base a esas leyes, entre otras medidas, se estableció un sistema de segregación en espacios y equipamientos comunes como escuelas, hospitales, playas, transportes o parques públicos, donde la población de piel negra (el 90% de los habitantes del país) sufría las restricciones, privilegiando a la población de raza blanca Afrikáner, descendientes de los colonos holandeses asentados en el país desde el siglo XVII.

Esta segregación también afectaba al deporte: el rugby era un deporte exclusivo para blancos, y estaba prohibido que los negros lo practicasen salvo en unas pocas zonas del país. Esta exclusividad y la pasión que despertaba entre la población afrikáner lo convirtieron en símbolo identificativo de la oligarquía dominante, y por ende símbolo de la opresión blanca junto a su bandera y su himno. En base a las leyes segregacionistas, la población negra, si quería asistir a un partido de rugby, sólo podía sentarse detrás de los palos en una grada acotada para ellos.

De esta manera, un deporte basado en el respeto, la integración y la unidad pasó a simbolizar todo lo contrario. Y si el rugby se identificaba con la tiranía, mucho más lo hacía el equipo que la representaba: los Springboks, el combinado nacional de Sudáfrica. En sus partidos internacionales, la población negra del país, que detestaba el rugby, veía los encuentros sólo para animar al equipo contrario, imaginando cada golpe que los equipos rivales daban a un jugador sudafricano como un golpe que salía de su propio cuerpo.

En la cárcel de Robben Island, una pequeña isla abierta al mar delante de Ciudad del Cabo, los presos negros seguían estos partidos con la misma finalidad, todos menos el preso número 46664. En la cárcel, este preso vio en el rugby algo más que un divertimento de masas: empezó a entenderlo como un instrumento político de gran magnitud que se alineaba perfectamente con su estrategia para la reconciliación nacional. Ese recluso se llamaba Nelson Mandela, y era el líder del Congreso Nacional Africano (el CNA, movimiento de resistencia sudafricano contra la opresión blanca), que había ingresado en prisión en 1964 y que no recuperaría la libertad hasta 1990, 27 años después.

En vez de doblegarle, los largos años de cárcel le dieron a Mandela la fuerza necesaria para continuar su lucha y los instrumentos necesarios para llevarla a cabo. En prisión descubrió que la manera de combatir la injusticia no podía ser derrotando a los opresores, sino convenciéndolos; y que la manera de convencerlos no sería a través de la razón, sino del corazón.

Pero este camino no iba a ser fácil, y mucho menos rápido. Mandela empezó aprendiendo la historia de su enemigo, su lengua (el Afrikaans) y sus costumbres. Después empezó a ganarse la aceptación, luego el respeto, luego la amistad, luego la admiración y por último la devoción de casi todos sus enemigos: primero sus carceleros, luego sus oficiales, después los directores de la prisión, más tarde el Ministro de Justicia y por último el Presidente del país. A través de los años, la personalidad de Mandela, su carácter, su habilidad política y su deseo de reconciliación consiguieron convencer a sus enemigos de que el final del Apartheid era inevitable. Todos esos años hicieron de Mandela el preso más famoso del planeta, lo personificaron como modelo en la resolución de conflictos de forma no violenta y lo convirtieron en un símbolo de libertad en todo el mundo.

Pero mientras tanto esos años eran muy duros fuera de la cárcel, sobre todo durante la década de los 80. Cuanto más se acercaba Mandela a convencer a sus enemigos, más cruda era la represión y las matanzas en las calles; tanto que las protestas a nivel internacional aislaron completamente el país, privándolo de una de sus mayores pasiones: desde 1978, los Springboks fueron vetados en todas las competiciones y giras internacionales. Con este gesto, los sudafricanos blancos de a pie, poco inmiscuidos en política hasta entonces, se dieron cuenta por primera vez de la animadversión del mundo entero contra ellos.

Las continuas revueltas, sus consecuentes carnicerías y las presiones internacionales obligaron al gobierno a iniciar conversaciones formales con Mandela y el CNA a finales de los 80, en un país al borde de la guerra civil. Estas conversaciones, que se alargaron durante 3 años, culminaron en la liberación de Mandela el 11 de febrero de 1990 y en la convocatoria de elecciones libres para 1994, las primeras de la historia del país en las que todos los habitantes mayores de edad podrían votar.

Esos años fueron de gran tensión para el país: por miedo a la venganza, la extrema derecha blanca se armaba y organizaba para una lucha racial, ponía bombas e intentaba desestabilizar el país y ensuciar el nombre de Mandela, acusándolo de terrorista. Ante esta situación, el ya candidato a la presidencia por el CNA quiso atraerse los corazones de la población blanca utilizando una de sus mayores debilidades: hizo levantar el veto para que la selección sudafricana de rugby pudiese jugar partidos internacionales y consiguió que la siguiente Copa del Mundo de Rugby se fuese a disputar en Sudáfrica en 1995.

Esta decisión fue muy complicada, porque aunque calmaba los ánimos de la población blanca, enfurecía a la población negra, despechada y rencorosa después de tantos años de sufrimiento. Para ellos, la camiseta verde y oro de los Springboks continuaba siendo uno de los máximos símbolos de la opresión que padecieron durante décadas. A partir de entonces, el principal trabajo de Mandela consistió en cambiar esas percepciones con las mismas armas que le habían llevado hasta allí: haciendo ver que es más fácil unir que separar, y que el deporte mueve las emociones de la gente mucho más de lo que ningún político podía hacer, como había empezado a intuir en la cárcel.

En 1994 Mandela gana las elecciones y se convierte en el primer Presidente de Sudáfrica elegido democráticamente. Ya en la presidencia, justo un año antes del inicio del mundial de rugby, invita a su casa a François Pienaar, capitán de los Springboks, para empezar el proyecto unificador que tenía en mente. Pienaar era el típico joven afrikáner, grande y rubio, trabajador, poco inmiscuido en política y centrado principalmente en el rugby. Pero las conversaciones con Nelson durante los meses siguientes consiguen hacer mella en él. Mandela le hace partícipe de la gran responsabilidad que tiene por delante: liderar como capitán el equipo que unificará el país y que lo convertirá en “La Nación Arcoíris” (The Rainbow Nation) término que utilizó al salir de la cárcel para referirse a la diversidad de culturas, razas y lenguas de Sudáfrica.

El trabajo que Mandela había encargado a Pienaar no era nada fácil, ya que de los 30 integrantes del equipo, 29 eran blancos, la gran mayoría afrikáners. Pero la figura del capitán en el rugby es realmente importante, y François logró poco a poco que las ideas de Mandela llegasen a sus compañeros, consiguiendo su colaboración. Aún así, pese al entusiasmo de Mandela y los buenos gestos de sus integrantes, a pocos días de empezar la competición, los Springboks seguían considerados por la mayoría de la población negra del país como el símbolo de la opresión del pasado reciente.

En esta lucha por unir a través del rugby a todo el país, además del capitán François Pienaar, Mandela contó con otros dos aliados que pusieron su grano de arena en el proyecto: Edward Griffith y Morné du Plessis. Griffith, Director Ejecutivo de los Springboks, fue el creador del lema del equipo para ese campeonato, que recogía exactamente la idea de Mandela en una frase: “One team, one country” (Un equipo, un país). Y Du Plessis, antiguo capitán Springbok y gerente del equipo, convenció a los jugadores para que aprendiesen el nuevo himno del país.

Este nuevo himno, el Nkosi sikelel’ iafrika, fue otro de los gestos de Mandela hacia las dos comunidades: era la mezcla de la canción que cantaba la población negra en sus protestas (el Nkosi Sikelel, en lengua xhosa) y el Die Stem, el antiguo himno nacional durante el apartheid. Como símbolo de unión, juntaba en una sola melodía las dos canciones que habían simbolizado el enfrentamiento de las décadas anteriores.

Para los jugadores fue difícil aprender la primera parte, y no sólo por la lengua. Para aquellos afrikáners, cantar la canción que hasta hacía poco simbolizaba para ellos el “peligro negro” no era una decisión fácil de tomar. Pero Du Plessis los arengó: “Cantando con ganas y orgullo le vamos a dar vida al slogan One team, one country’”, y sorprendentemente el himno gustó desde el principio: todos los jugadores hicieron el esfuerzo y fueron practicando día a día con entusiasmo.

Y entonces llegó el inicio de la Copa del Mundo. Sudáfrica, como anfitriona, jugaba su primer partido contra el vencedor de la edición anterior, la potente Australia. Además del difícil rival, los anfitriones tenían el hándicap de no haber podido jugar muchos partidos internacionales de preparación debido al veto, por lo que partían en desventaja.

Un día antes del encuentro, en mitad del entrenamiento del equipo sudafricano, sus integrantes observaron cómo un helicóptero del ejército aterrizaba en mitad del campo. Los jugadores se pararon sorprendidos, y la sorpresa aumentó mucho más cuando de él se bajó el Presidente del país.

Mandela fue a dar ánimos a los jugadores, pero el efecto que tuvo en ellos fue mucho mayor: fue saludándolos uno a uno, dirigiéndose a cada uno por su nombre, haciendo bromas con ellos. Cuando al presidente le tocó saludar a Hennie Le Roux, éste le entregó su gorra verde Springbok y le dijo: “Por favor, tómela, señor presidente: es para usted”. Y tras una pausa añadió: “Muchas gracias por estar aquí. Significa mucho para el equipo”. Mandela la cogió, sonrió, le dio las gracias e inmediatamente se la puso.

Mandela, en el momento de recibir la gorra Springbok de manos de Hennie Le Roux.

Mandela, en el momento de recibir la gorra Springbok de manos de Hennie Le Roux.

Ya al día siguiente, el partido de Australia fue una grata e inesperada sorpresa: desde el principio, el público creó un ambiente ensordecedor, animando a su equipo. Los jugadores, en volandas por el apoyo de su afición, realizaron un partido casi perfecto, que les sirvió para imponerse a la campeona del mundo por 27 a 18.

Después de ese partido, para que los jugadores acabasen de darse cuenta de la importancia que iban a tener en los próximos días, Du Plessis los llevó a Robben Island para que viesen la pequeña habitación en la que Mandela había pasado 18 de los 27 años que estuvo en prisión. Esta visita caló muy hondo en todos los jugadores, aumentando más si cabe su motivación, y en los siguientes partidos empezaron a confirmar que podían ser unos serios candidatos para llegar a la final, ganando con holgura a Canadá, Rumanía y Samoa.

Estas victorias eran celebradas por la población blanca con locura, apasionados de este deporte y de ese equipo, pero no conseguían que los mismos sentimientos calasen en la población negra. El día anterior a las semifinales contra Francia, Mandela hizo un discurso televisado en una meeting del Congreso Nacional Africano en una de las zonas más castigadas durante los años del Apartheid. Cuando salió a hacer su discurso, lo hizo con la gorra de los Springboks que Le Roux le había regalado. Muchos de los presentes lo silbaron y abuchearon, ¡su propia gente!, que aún identificaba a los Springboks con sus agresores blancos. La cara de Mandela, siempre sonriente, se tornó seria, cogió la gorra en la mano y la presentó al público diciendo “¿Veis esta gorra? Esta gorra honra a nuestros chicos, que se enfrentarán a Francia mañana. Os pido a todos que los apoyéis mañana, porque ellos son nuestro orgullo, ellos son vuestro orgullo”. A pesar de los silbidos, Mandela seguía transmitiendo a blancos y negros su mensaje de reconciliación; sólo faltaba que acabase de calar en todos ellos.

Y entonces llegó el partido contra Francia, que tenía uno de los mejores equipos del torneo y que era seria candidata al título. Ese día calló una tormenta espectacular sobre Durban, donde se disputaba el partido, por lo que el encuentro se convirtió en una lucha de desgaste en un barrizal. El terreno estaba encharcado, muy resbaladizo, y la pelota parecía una pastilla de jabón. En mitad de esa lucha sin cuartel, al final del primer tiempo, Sudáfrica logra montar un maul a 5 metros de la zona de ensayo contraria y lo hace progresar hasta conseguir la marca, distanciándose en 10 puntos.

Un momento de las semifinales entre Sudáfrica y Francia, donde se puede apreciar el estado del terreno de juego.

Un momento de las semifinales entre Sudáfrica y Francia, donde se puede apreciar el estado del terreno de juego.

En la segunda parte Francia impuso su juego y fue recortando el marcador poco a poco, situándose a 4 puntos y apretando en la fase final del partido. Cuando sólo quedaba un minuto para acabar, Francia se hace con la posesión de la pelota en una melé en la línea de 22 contraria. El 9 francés juega el balón con su compañero André Joubert, que realiza un up and under para poner el balón por detrás de la defensa contraria. Joubert no consigue atrapar el balón, pero tras botar en el suelo, el capitán francés Abdellatif Benazzi lo atrapa y percute con fuerza contra la última línea de defensa sudafricana, situada en su propia zona de ensayo. La defensa, haciendo el último esfuerzo, logra parar al gigante francés, que pierde el balón y con ello el partido. ¡Contra todo pronóstico, Sudáfrica se metía en la final por un ajustado 19 a 15!

Ahora quedaba lo más difícil: en la final los esperaba Nueva Zelanda, el mejor equipo del mundo, que había arrasado en todos sus partidos y que contaba con Jonah Lomu, un jugador que marcó un antes y un después en la historia del rugby (ver La historia del rugby, una novela de caballerías). Ningún entendido en rugby le daba la más mínima posibilidad a los Springboks para ese partido, pero por primera vez en el mundial, tras la victoria contra Francia, toda la población sudafricana –blancos y negros- estaba pendiente de su equipo, compartiendo un sueño común: ganar ese encuentro y con ello el campeonato.

Y aunque para los 43 millones de sudafricanos aquel día iba a ser especial, para uno en concreto podía significar la culminación de toda una vida dedicada a un ideal. Ese día, Nelson Mandela estaba convencido que en el terreno de juego se jugaría mucho más que un partido de rugby, se jugaría el futuro de una nación.

El día de la final, el país entero estaba nervioso, deseoso de que el gran momento llegase de una vez. Horas antes del pitido inicial, los alrededores del Ellis Park Stadium de Johannesburgo eran un hervidero de gente. Mientras los espectadores iban entrando, por la megafonía del estadio se escuchaba la canción Shosholoza, que históricamente cantaban los trabajadores negros que emigraban desde las zonas rurales del sur de África a las minas de oro de Johannesburgo. Esta canción es una melodía alegre y llena de energía que parece imitar el ritmo del tren de vapor, y es muy popular entre la población negra. Mandela solía cantarla con otros presos cuando trabajaban en la cantera de cal de la prisión de Robben Island, pero ahora, en otra señal del rápido cambio que estaba experimentando Sudáfrica, Shosholoza había sido escogida como canción oficial de la selección sudafricana durante la Copa del Mundo, y los aficionados blancos la habían adoptado alegremente como propia. Una vez dentro, el animador y presentador de radio Dan Moyare hizo callar a todo el estadio para enseñar la letra, escrita en idioma zulú, a todo el público, y seguidamente les hizo cantarla a todos a la vez.

Al final de estos cánticos se inició la ceremonia con la formación en mitad del campo de la nueva bandera del país, una bandera arcoíris hecha con globos, símbolo de la nueva Sudáfrica. Justo en mitad de esta parte, se escucha un ruido ensordecedor, y de repente el sol desaparece: un enorme Boeing 747 pasa a pocos metros de la parte superior del estadio con la inscripción “Go Bokke” (plural de Bok, de Springboks, en Afrikaans) escrita en su panza, haciendo saltar a todo el público del susto. Por primera vez en la tarde, el público se viene arriba: empiezan a aplaudir y gritar ante la aparición del avión, que realiza un giro sobre sus cabezas y vuelve a pasar rozando el estadio. La bandera arcoíris acaba de formarse en el centro del campo y se eleva hacia el cielo cuando sueltan los globos que la forman.

La ceremonia continúa con actuaciones, helicópteros y paracaidistas. La última canción que se interpreta es The World in Union, canción del mundial y que desde entonces ha quedado como canción recurrente para la gran mayoría de campeonatos rugbísticos de todo el mundo. A mitad de la canción, los jugadores de ambos equipos saltan al campo y hacen pequeñas carreras de calentamiento antes de ponerse en fila enfrente de la tribuna. Pero antes de que acabe la canción y se pase a los himnos, sin que nadie lo esperase, aparece por la puerta del túnel de vestuarios Nelson Mandela. Los 65.000 espectadores del Ellis Park, el 95% blancos, se quedan de piedra, y por unos segundos el estadio enmudece: aquel hombre que habían tenido preso durante 27 años, recluido en una celda minúscula y obligado a hacer trabajos forzados, aquel hombre que había sufrido todo el odio y la violencia del antiguo régimen, estaba en mitad del campo con sus colores en vez de una de sus camisas coloridas: Mandela llevaba puesta la camiseta de los Springboks con todo el cuello abotonado y la gorra verde en la cabeza. Ante esta imagen, después del shock inicial, todo el público explotó y empezó a gritar al unísono su nombre: ¡Nelson, Nelson, Nelson, Nelson!

Aquellos gritos eran el homenaje que la población afrikáner hacía al hombre cuya pena de cárcel había sido una metáfora del cautiverio de la Sudáfrica negra. Estaban reconociendo su pecado, descorchando la botella en la que estaba encerrada su culpa, y devolviendo a Mandela la confianza que había puesto en ellos y que con ellos trataba de compartir desde hacía años. En aquel preciso momento, con Mandela en medio del campo, sonriendo y saludando con la gorra en la mano, el régimen del Apartheid desapareció para siempre.

Nelson Mandela saludando al público al entrar en el campo.

Nelson Mandela saludando al público al entrar en el campo.

Ahora sólo faltaba culminar ese momento con la victoria en el partido, y viendo la calidad del rival, eso sería algo muy difícil, casi imposible.

Mandela se dirigió hacia los jugadores y fue directo a saludar al capitán François Pienaar, que a duras penas contenía las lágrimas al ver al Presidente con el número 6 en la camiseta: ¡su número! Y después de saludar a todos los jugadores, hizo lo mismo con los árbitros y los jugadores de Nueva Zelanda. Años más tarde, el capitán neozelandés Sean Fitzpatrick reconocería que ese momento, saludar a Mandela con la camiseta de los Springboks mientras 65.000 personas coreaban su nombre, afectó psicológicamente a su equipo, pasándoles toda la presión a ellos.

Y justo después de los saludos del Presidente empezó el Himno de Sudáfrica, el Nkosi sikelel. Todos los jugadores ponen la mano derecha en el corazón y agarran con fuerza su escudo, y entonces empiezan a cantar, con decisión y fuerza: 29 blancos y un mestizo cantando en xhosa la canción de protesta negra. Al unísono y con orgullo. Y el público les sigue, todos los presentes cantando la canción de la unión. O mejor dicho, todos menos uno: Pienaar no puede articular palabra; está apretando la mandíbula y se le notan los esfuerzos que está haciendo para no exteriorizar sus emociones, al borde del llanto.

Los jugadores de Sudáfrica interpretando el himno, con Pienaar en primer plano.

Los jugadores de Sudáfrica interpretando el himno, con Pienaar en primer plano.

El partido iba a dar comienzo. Posteriormente, varios jugadores sudafricanos comentaron que antes de empezar se dieron como consigna un rotundo “¡No pasarán!”. Así lo demostraron: en una de las primeras jugadas del partido, Lomu realiza una cruz con su centro y rompe la defensa. Pienaar no llega al placaje y el jugador neozelandés empieza a coger velocidad. En ese momento Joost van der Westhuizen, el medio melé sudafricano y uno de los jugadores más pequeños del equipo, se lanza hacia Lomu y le hace un certero placaje por debajo de las rodillas, tumbando así al gigante maorí. El público, espantado ante la escapada de Lomu, empieza a aplaudir y a animar con todas sus fuerzas. Ve que su equipo puede aguantar todas las embestidas que el equipo neozelandés haga durante el partido

Y así fue. La defensa surafricana resultó inexpugnable, en un encuentro muy duro. En todo el partido, ningún equipo consiguió anotar ni un solo ensayo, llegando todos los puntos de patadas a palos de los aperturas Joel Stransky (Springboks) y Andrew Mehrtens (All Blacks). Al finalizar los 80 minutos, el resultado era de 9 a 9: los dos equipos habían dejado todas sus fuerzas en el campo y se habían anulado mutuamente, y deberían jugar a continuación la primera prórroga de una final de la Copa del Mundo.

Los dos equipos estaban exhaustos, sin fuerzas, pero Nueva Zelanda aprovechó un error en el marcaje al principio de la prórroga para ponerse por delante en el marcador gracias a un drop convertido por Mehrtens, 9 a 12. En ese momento el estadio enmudece, pero se va reponiendo en los minutos siguientes, hasta que al filo del descanso Stransky consigue convertir un golpe de castigo que igualaba el encuentro. A falta de 10 minutos para el final, el resultado es de 12 a 12, y la incertidumbre es máxima.

Cuando el partido se reanuda se puede observar que los jugadores de ambos equipos están al límite de sus fuerzas, y fruto de ello Nueva Zelanda comete un avant a falta de 7 minutos para el final justo en su línea de 22. En la melé posterior, el capitán sudafricano pide una jugada de delantera, saliendo desde la posición del 8. Una jugada ensayada con la que pretendía conseguir el ensayo de la victoria, pero Stransky, el medio apertura, da la contraorden: se ve con posibilidades para intentar el drop.

La melé gira hacia la derecha lo justo para que Joost van der Westhuizen saque el balón limpio y lo ponga en juego con un certero pase a las manos de Stransky. Éste, ligeramente escorado a la derecha de los palos, prepara la patada y ejecuta un chute muy alto, con mucha parábola, que se cuela entre los palos. ¡Los Springboks se adelantaban en el marcador por 15 a 12!.

El público salta de sus asientos, ruge de alegría y euforia, y comienza a cantar al unísono el Shosholoza, que retumba en todo el estadio. En ese momento, el capitán Pienaar llama a todos sus jugadores y los reúne en círculo para darles la última arenga:

¡Cabezas arriba. Miradme a los ojos!
¿Lo oís? ¡Escuchad a vuestro país!
7 minutos: ¡defensa, defensa, defensa!
¡Este es! ¡Este es nuestro destino!

Esos siete minutos fueron interminables. La cara de Mandela, como la de todo el público, reflejaba una gran tensión, mirando el reloj sin parar, pero los jugadores sudafricanos fueron fieles a la consigna de su capitán y aguantaron. Al sonar el pitido final, Pienaar se levantó de la melé en la que estaba y automáticamente saltó levantando los brazos con los puños cerrados, para al instante hincar una rodilla en tierra y apoyar la frente en su puño. Los demás jugadores se arrodillaron a su alrededor, en círculo, e hicieron una pequeña plegaria todos juntos, y todos juntos celebraron la gesta al levantarse dando una vuelta de honor al estadio, mientras por la megafonía sonaba The World in Union y en las gradas del Ellis Park y en las calles de toda Sudáfrica blancos y negros se abrazaban, celebrando juntos la victoria de su equipo, el equipo de todos.

Para el recuerdo aún quedarían dos intervenciones del gran capitán, totalmente espontáneas. La primera se produjo antes de ir a recoger el trofeo: un periodista de la cadena de televisión SABC, con el micrófono conectado a la megafonía del estadio, se acercó a él y le preguntó a pie de campo: “¿Qué ha sentido al tener a 65.000 aficionados apoyándoles aquí en el estadio?” Sin dudarlo un instante, Pienaar le da una respuesta que le sale del corazón: “No teníamos a 65.000 aficionados con nosotros. Teníamos a 43 millones de sudafricanos”.

La segunda se produce en la entrega del trofeo del mundial, la Copa Web Ellis, y es sin lugar a dudas la imagen de esta historia. En el pequeño podio improvisado en el medio del campo, Nelson Madela recibe a François Pienaar y le entrega el trofeo. Mientras el capitán sostenía la copa, Mandela le pone la mano izquierda en el hombro derecho, le mira con afecto, le da la mano y le dice: “François, muchas gracias por lo que habéis hecho por nuestro país”. En ese momento, Pienaar mira a Mandela a los ojos y sinceramente le responde: “No, señor presidente. Gracias a usted por lo que ha hecho por nuestro país”.

Si se hubiera estado preparando toda su vida para aquella frase, difícilmente habría podido encontrar una respuesta más certera. La mejor frase para el mejor final posible. Y entonces Pienaar levantó el trofeo, Mandela a su lado alzó los brazos en señal de victoria, y aquel país dividido durante décadas vio como aquel equipo los convertía en una nueva nación, no una nación de blancos o de negros, sino de todos: ese día, todos los sudafricanos celebraron unidos el nacimiento de la Nación Arcoíris. Ese día, el sueño que había alimentado la esperanza de Nelson Mandela durante toda su vida se convirtió en realidad, y ese fue su gran legado, no sólo a su país, sino a toda la humanidad.

spingboks-1992

Celso Pérez Graña

La mayor parte de la información utilizada para este artículo fue extraída principalmente de 3 libros -además de la visualización de los diferentes partidos- muy recomendados si queréis conocer más sobre esta historia:

  • El Factor Humano (Playing the Enemy), de John Carling. Uno de los mejores libros de rugby, y que narra maravillosamente esta historia. En este libro está basada la película Invictus, del director Clint Eastwood.
  • El largo camino hacia la libertad (Long Walk to Freedom). Autobiografía de Nelson Mandela. Imprescindible.
  • Rainbow Warrior, de François Pienaar y Edward Griffiths. Autobiografía de François Pienaar, capitán del equipo sudafricano que ganó la Copa del Mundo de Rugby en 1995.