Oh, Flor de Escocia, ¿cuándo volveremos a ver a tus semejantes otra vez?

Da pasada mocidade
can diferente ora estás…
Os verdes anos primeiros
fogen co vento soán,
do esquivo cabo Nariga
antr’ó espeso matorral.
O alegre corno dos celtas
ora non fai resoar
a túa sombría bóveda,
chea de nobre beldá.
                             Eduardo Pondal

Son tiempos difíciles para la selección escocesa de rugby. El que otrora fuera uno de los equipos estandarte del rugby mundial se encuentra en horas bajas desde hace años, manteniéndose en la élite a golpe de orgullo y pundonor e intentando aún digerir el pase al profesionalismo.

Los motivos de esta situación son muchos y muy diversos, pero con un denominador común: la sensación de que el público escocés está perdiendo la afición por su rugby. En un país con más habitantes que Irlanda o Gales, sólo existen dos equipos profesionales -Glasgow y Edinburgh- mientras que en aquellos existen cuatro en cada uno. Además, la asistencia a los partidos de estos equipos es muy baja. Esta situación resta competitividad al rugby escocés: menos equipos, menos fichas profesionales, menos aficionados, etc. hacen que haya menos dinero para invertir en la cantera, impidiendo así conseguir una auténtica regeneración del equipo nacional como ocurre periódicamente en Gales o Irlanda.

Condenada a ser candidata a la Cuchara de Madera cada año desde principios de este siglo, Escocia mezcla luchas heroicas con estrepitosos fracasos en cada campeonato, incapaz de producir jugadores que consigan marcar diferencias a nivel mundial. Su orgullo celta hace que sobreviva a base de gestas, combinadas con continuas decepciones, envolviendo al equipo en un halo de romanticismo dramático en cada partido que juega, cayéndose una y otra vez, pero levantándose siempre para afrontar la nueva dificultad, esperando volver a revivir tiempos mejores.

Lejos quedan los años en los que decir Escocia era decir rugby. Aquellos años en los que el XV del Cardo era respetado y temido por todos sus rivales y levantaba las simpatías de aficionados de todo el mundo. Aquellos años en los que la disputa de la Calcuta Cup (el trofeo que juegan Inglaterra y Escocia durante el Torneo de las Naciones) paraba el mundo rugbístico, y cada contrincante vendía cara su piel. Aquel espíritu que culminó en el inolvidable encuentro disputado en Murrayfield el 17 de marzo de 1990, último partido del V Naciones de ese año que enfrentaba a Escocia e Inglaterra, donde por primera vez en la historia ambos equipos tenían la posibilidad de llevarse el Gran Slam si ganaban el encuentro.

El partido se vio envuelto desde un principio por los acontecimientos políticos del momento. Escocia entera se manifestaba esos días contra la Poll Tax, el sistema de impuestos locales que la Primera Ministra británica Margaret Tatcher acababa de reformar, reemplazando los impuestos domésticos (un impuesto basado en el valor nominal de renta de una propiedad) por un cargo comunitario (o poll tax) en el cual todos los adultos residentes pagaban una misma cantidad. El nuevo impuesto fue introducido en Escocia en 1989, un año antes que en el resto del Reino Unido, provocando la oposición de la ciudadanía desde el principio. Aunque los jugadores intentaron despolitizar el momento, el partido fue denominado por la prensa como The Poll Tax Match, que oponía el rechazo escocés a la imposición londinense y, por extensión, inglesa.

Además de por las consideraciones políticas, deportivamente el partido se presentaba como la final perfecta, ya que el vencedor se lo llevaría todo: la Calcuta Cup, la Triple Corona, el Torneo y el Grand Slam… y la gloria, sobre todo la gloria, en un deporte que es más que un deporte y en un lugar donde ganar importa más que cualquier premio. Aquel era el día.

El camino hasta ese partido había sido muy diferente para los dos equipos: mientras que Inglaterra arrasó a todos sus rivales, Escocia llegó sin hacer ruido, con victorias muy justas y trabajadas. La previa del encuentro siguió la misma línea: mientras que los escoceses no realizaban declaraciones, la prensa inglesa rememoraba antiguas batallas entre los “enemigos íntimos”, vaticinando una victoria apabullante del XV de la Rosa, que contaba con uno de los mejores equipos de la época. Aquel era el rival.

Y el día llegó. El viejo estadio de Murrayfield, en Edimburgo, se llenaba de aficionados para animar a su equipo. Los ingleses salen primero, se despliegan y empiezan a hacer ejercicios de calentamiento por el campo. Al llegar el turno del XV del Cardo, su capitán David Sole, consciente de la cita que su equipo tenía con la historia, ordena a los suyos que salgan andando al campo, provocando el rugido de los 54.000 “hijos de Escocia” congregados en el estadio. Aquel era el lugar.

david sole 1990

David Sole liderando la salida del equipo escocés

La lenta salida provocó que los gritos y aplausos se elevasen y se prolongasen de manera inusual, desconcentrando a los ingleses, que pararon sus ejercicios para mirar atónitos a sus rivales. Aquel era el público.

Y entonces, por primera vez en la historia, no sonaría el Good Save de Queen antes de un partido de la selección escocesa en ese lugar. Ese día se cantaba por primera vez en Murrayfield el Flower of Scotland; su nuevo himno, en su templo, ante su eterno rival y el día más importante de su historia rugbística… y 54.000 voces empezaron a cantar al unísono:

O Flower of Scotland,
When will we see
Your like again,
That fought and died for,
Your wee bit hill and glen,
And stood against him,
Proud Edward’s Army,
And sent him homeward,
Tae Think Again

Aquella era la canción.

Sólo faltaba que aquel fuese el momento. Tenía que serlo.

El árbitro pita el inicio. Inglaterra pone en juego el balón con una patada larga, que es recogida por la delantera escocesa a pocos metros de su línea de 22. El pack aguanta perfectamente la envestida inglesa, facilitando una pelota limpia a su medio melé. Éste realiza un preciso pase a su zaguero, que se quita la presión con una estupenda patada más allá del medio campo, pasando a presionar al equipo inglés en su campo. El público de Murrayfield ruge otra vez y aplaude la acción; está en una nube. Ese es su equipo, ese es su sitio y ese es su momento; empiezan a ser conscientes de que el de hoy es algo más que un partido de rugby, que están siendo protagonistas de la historia.

Los ingleses van notando la presión poco a poco, defendiéndose en su propio campo de las envestidas de la delantera escocesa y encajando dos golpes de castigo transformados por Chalmers. Pero su respuesta es contundente: al cuarto de hora, Murrayfield enmudeció con dos ataques de la línea de tres cuartos visitante, acabando en ensayo el segundo. La marca llevaba el sello característico inglés: la delantera se impone en una melé, el balón abierto a la línea es jugado magistralmente por el apertura Hill con sus centros Will Carling y Jeremy Guscott, estrellas de aquel equipo, que consiguen anotar y poner el marcador en 6-4, fallando la posterior conversión. Parecía el principio de la exhibición inglesa, pero Escocia seguía manteniendo una férrea defensa, consiguiendo incluso anotar un nuevo golpe de castigo e irse al descanso con un 9-4 favorable.

Y al minuto de la reanudación llegó el momento del delirio: John Jeffrey sale de la melé escocesa con el balón y lo juega con su medio melé Gary Armstrong. Éste se adentra en la defensa inglesa y justo antes de ser placado abre el balón a su zaguero, el mítico Gavin Hastings, que lo coge con la punta de los dedos. Gavin corre apuntando al banderín y atrae consigo a dos defensores. Justo antes de caer realiza una magnífica patada a seguir reorientando el juego hacia adentro, al ver el hueco que su carrera había provocado. En la lucha por ese balón, Tony Stander logra superar al rapidísimo Rory Underwood y atrapa el balón tras un bote, consiguiendo el ensayo que ratificaba la victoria, porque los posteriores ataques ingleses no conseguirían revertir el marcador, transformando tan solo un golpe de castigo.

Y entonces el árbitro señaló el final, y los jugadores salieron corriendo hacia el banquillo dando gritos de alegría, y el público invadió el terreno de juego. Aquel era el momento: Escocia había ganado el partido; EL PARTIDO. Aquel equipo había conseguido por derecho propio un hueco en la historia de su país y en la leyenda del rugby.

Los años siguientes Inglaterra consiguió ganar el Grand Slam durante tres años consecutivos. Su capitán, Will Carling, y otras estrellas de aquel equipo siempre sostuvieron que habrían cambiado esos tres títulos por ganar aquel partido, derrotar a su íntimo enemigo como tantas otras veces habían hecho y muchas veces más harían.

Pero no pudieron aquel día. Porque aquel sí que fue el día; el día de enviarlos de vuelta a su casa a pensárselo dos veces: And sent him homeward, tae Think Again.

Celso Pérez Graña