¡No me toquéis la melé!

Graham Price, Bobby Windsor y Terry Faulkner, el “Pontypool front-row”, preparado para entrar en acción en una melé

Graham Price, Bobby Windsor y Terry Faulkner, el “Pontypool front-row”, preparado para entrar en acción en una melé

SILENCIO, A PALOS.

En 1836 y 37, Mendizábal llevó a cabo, junto con la de Mordaz, la desamortización más salvaje que ha sufrido este país. Con la excusa de apostar por el bien y el progreso del pueblo se encargó, con frialdad y sin piedad, de expropiar a la Iglesia jerárquica y órdenes religiosas todos sus bienes, edificios, terrenos y obras de arte incluidas. A la postre no fue más que una vil artimaña en la que golosos lotes de gran valor fueron a parar a manos de oligarcas poderosos y el pueblo se quedó a verlas venir.

Lo mismo está ocurriendo en el mundo del rugby. Las santas autoridades de World Rugby, por el bien de nuestro deporte y pensando en la seguridad y bienestar de los que estamos ligados al mundo oval, comienzan a tomar medidas que han empezado por algunos de los elementos más sagrados de nuestro deporte. Encima tenemos al enemigo, que es de la casa, metido hasta el tuétano en nuestra línea de 22.

Se va a probar en Argentina las nuevas reglas para la melé, ese elemento distinguido en el que ocho guerreros representantes de cada equipo se entregan en una noble lucha por conseguir la posesión. Esa especie de celda de la colmena en la que no hay reina ni zánganos y sí un ESPECTÁCULO con mayúsculas. Una jugada, que en mínimas coordenadas de espacio y tiempo, reúne muchos valores de la filosofía oval.

Los nuevos salvadores de un deporte que nunca ha necesitado la extrema unción pues es tan fuerte su grandeza y su filosofía que nunca morirá, y menos de inanición, se escudan en las graves lesiones acaecidas en poco tiempo. ¿Cuántas melés se disputan cada domingo en España? ¿Y en el mundo? ¿Cuántos infortunios reseñables?

Hablemos claro. Lo que quieren es vender nuestro deporte al mejor postor. Son capaces de sacar a subasta lo que haga falta para obtener una suculenta tajada. No dudarían en recortar las puntas a nuestro amado oval con tal de que cupiera o cupiese en la caja tonta. No les importa ni lo más mínimo el trabajo de la cantera ni todo el bien que el rugby reporta en todos y cada uno de los que estamos enamorados de él. Importa lo que el consumidor quiera, y a día de hoy, demanda facilismo e inmediatez.

Si hay algo que me molesta en grado sumo es que me traten de tonto. Y en este tema no puedo evitar sentirme así. Me niego a que la melé deje de ser Patrimonio de la Humanidad y que para disfrutar de una como Dios manda tenga que recurrir al estraperlo. La melé no se vende, se disputa y se disfruta.

Menos mal que siempre nos quedará la base. Esos que desde la humildad, de puntillas y en silencio hacen que este deporte sea cada día más grande. Esos que, aparte de estamentos impositores, trabajarán en cada entrenamiento que la melé requiere del cuidado de uno mismo y al tiempo del cuidado del otro para que siempre sea, reglas aparte, esencia oval pura.

¡Hola! ¿Truco o trato?
Ahora, silencio, que hay una patada a palos. Y después buñuelos, de nata o de crema.

EL CID OVALADOR.