La historia del Rugby, una novela de caballerías

 

¿Cómo dices eso? respondió Don Quijote, ¿no oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los tambores?

No oigo otra cosa, respondió Sancho, sino balidos de ovejas y carneros, y así era la verdad, porque ya llegaban cerca los dos rebaños.

El miedo que tienes, dijo Don Quijote, te hace, Sancho, que ni veas ni oigas a derechas, porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos, y hacer que las cosas no parezcan lo que son; y si es que tanto temes, retírate a una parte y déjame solo, que solo basto a dar la victoria a la parte a quien yo diere mi ayuda. Y diciendo ésto puso las espuelas a Rocinante, y puesta la lanza en el ristre bajó de la costezuela como un rayo.

Una escena parecida nos pasa a todos los jugadores de rugby por la cabeza justo antes de la patada inicial, cuando ya situado en el campo levantas la vista y ves a los rivales, esperando el pitido del árbitro. En ese fugaz vistazo no ves chicos más o menos grandes con camisetas de colores; ves guerreros armados con corazas y gigantes con ocho brazos, hueles en el aire la tensión del momento mezclada con olor a hierba y sudor, en tus oídos resuenan tambores y trompetas y, apartando el miedo, te llenas de aplomo para salir corriendo a buscar el balón que el apertura pone en juego: poniendo espuelas y lanza en ristre, como un rayo.

Y es que el rugby y su historia es una aventura quijotesca, donde sus protagonistas pierden el seso al entrar en el campo, “llenándose de fantasía, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles”. El honor, la humildad, la honradez, el respeto y el sacrificio son sus estandartes, definiéndose como un “juego de truhanes, practicado por caballeros (andantes)”, frase que fácilmente podría haber pronunciado el Caballero de la Triste Figura a la hora de decidir desfacer entuertos.

Aunque la historia academicista del rugby lo sitúa como una evolución de un juego medieval conocido como Soule en Francia, Calcio en Italia y Football en Inglaterra, la historia popular se ha empeñado en situar su nacimiento en un lance quijotesco: cuenta la leyenda que por el año 1823, en una escuela de la ciudad de Rugby, localidad del centro de Inglaterra, un alumno de 17 años llamado William Webb Ellis desafió las costumbres impuestas y, siguiendo su espíritu soñador, confundió molinos con gigantes, ovejas con guerreros, venteros con reyes, pies con manos y pelota con lanza. Hoy en día, en ese mismo lugar, se encuentra una placa que recuerda esa gesta con la siguiente inscripción: “Esta lápida conmemora la hazaña de William Webb Ellis, quien haciendo gala de una gran indiferencia por las reglas del fútbol que en aquellos tiempos se jugaba, corrió por primera vez con la pelota entre las manos, dando así origen al hecho diferencial del juego de rugby .A.D. 1823”.

Estatua de Webb Ellis

Estatua de Webb Ellis

Los contemporáneos de Web “Quijano” Ellis tomaron nota de este hecho, y con la elaboración de nuevas reglas fueron dando forma al nuevo deporte. Durante buena parte del siglo XIX, las principales evoluciones (el rugby y el fútbol actual) del juego del football medieval, también llamado fútbol de carnaval, se mezclaban entre sí: cada colegio, universidad, ciudad, etc. tenía su propio reglamento y jugaba según sus gustos y costumbres. Ante la necesidad de unificar estos reglamentos al jugar entre diferentes instituciones, los colegios y clubes empezaron a escribir sus reglas, que se consiguieron unificar en 1871 al crearse la primera federación de rugby football, la Rugby Football Union de Inglaterra, que defendía un juego basado en el contacto físico pero controlado por una autoridad, donde el juego colectivo primase sobre el individual. Ese mismo año se jugó en Edimburgo el que se considera primer partido internacional, entre un combinado de Inglaterra y otro de Escocia.

Siguiendo esta evolución, en el año 1877 se consensuó el paso de 20 a 15 jugadores, y con la extensión de este deporte por Gran Bretaña se creó en 1883 el primer torneo periódico internacional, llamado IV Naciones, donde participaban los cuatro países británicos: Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda. Gracias a la realización de este campeonato, en el año 1886 se funda la International Rugby Football Board por representantes de Escocia, Gales e Irlanda, organismo que se convirtió en rector de este deporte hasta la actualidad. Desde entonces, la International Rugby Football Board y la Rugby Football Union de Inglaterra se dedicaron a expandir este deporte por todo el mundo, principalmente en países con importantes colonias británicas, y a defender su amateurismo y sus valores.

Esta defensa a ultranza de la filosofía del rugby fue la base de su popularización durante el siglo XX, sobre todo tras la 2ª Guerra Mundial con la entrada de Francia en el Torneo de las Naciones (que pasó a ser V Naciones) en 1947 y la realización de Test internacionales: giras de equipos por otros países y continentes. El hecho de que el rugby no contase con un campeonato mundial hasta 1987 (y que sólo fuese olímpico el primer cuarto del siglo XX), convirtió a esos Test en grandes acontecimientos, dando lugar a la frase “en el rugby no hay amistosos”. Las pasiones que estos partidos levantaban, al igual que los del V Naciones, dotaron al rugby de un halo de romanticismo y leyenda, traspasando al terreno de juego la épica de antiguas batallas, y lo dotaron de una simbología única en el mundo del deporte actual: el respeto por contrarios y árbitros, la solemnidad de los himnos antes de cada partido, batirse sólo por defender unos colores, las camisetas de algodón con cuello, con los colores de la bandera del país…

Sólo entendiendo este romanticismo y “distorsión de la realidad” se puede entender que el rugby se haya mantenido intacto durante más de un siglo mientras en otros deportes populares entraba de manera aplastante el profesionalismo, los contratos publicitarios y los sueldos astronómicos; hasta 1995 los jugadores de rugby eran amateurs: no percibían nada por “luchar en la batalla”, sólo el honor de defender unos colores y el mero placer de jugar/guerrear.

Aunque amateurs, estos guerreros levantaban las pasiones de todo su pueblo, que veía en sus enfrentamientos un paralelismo con batallas antiguas y recientes, exaltando el patriotismo hacia unos colores, la defensa de sus tradiciones y el orgullo de pertenencia: para los países participantes en el V Naciones, ganar a Inglaterra siempre fue el objetivo, más allá del campeonato; y vengar las derrotas de años anteriores la obligación. Para Inglaterra todo lo contrario: mantener su hegemonía fue durante décadas su razón de ser. Y ganar a los All Blacks siempre fue, es y será el sueño de todo equipo que juegue a este deporte.

Partido All Blacks -Barbarians 1973, fuente: www.guardian.co.uk

Partido All Blacks -Barbarians 1973, fuente: www.guardian.co.uk

Y a ese mundo idílico de soñadores, guerreros y caballeros andantes llegó el profesionalismo, con sus contratos multimillonarios atraídos por audiencias planetarias, para quedarse y convertir al rugby en una máquina de hacer dinero tal como había hecho con el fútbol, el baloncesto, el fútbol americano o el baseball anteriormente.

Dinero llama a dinero. El pase al profesionalismo se dio porque cualquier otra situación no se podía aguantar por más tiempo: el dinero que generaban los partidos, sus retrasmisiones y la publicidad de éstas hizo que los clubes comenzasen a luchar entre ellos por los mejores jugadores, utilizando todas las armas a su alcance (el Amatori Rugby Milano llegó a contratar a Campese, la figura australiana de principios de los 90, como cortador del césped del estadio… sin decir cuánto le pagaba por ello, claro). Y a esa situación se le sumó la aparición en la Copa del Mundo de 1995 de Jonah Lomu, un jugador nunca visto antes, el jugador total, con el peso de un pilar, la potencia de un flanker, la destreza de un centro y la rapidez de un ala (posición en la que jugaba). Lomu marcó el camino del éxito basado en un rugby más físico que estético, donde la imposición del trabajo de gimnasio y la excelencia física sólo se podía conseguir con dedicación completa (y por tanto remunerada) del jugador.

Cuenta la historia popular que el amateurismo del rugby se acabó de enterrar en el lugar que por más de un siglo había sido su bastión: la Federación Inglesa de Rugby. Tras el mundial de 1995, el capitán inglés -el mítico Will Carling- fue convocado por esta institución para rendir cuentas de las derrotas que dejaron al XV de la Rosa fuera del podio (contra Nueva Zelanda en semifinales y contra Francia en la final de consolación). Cuando le pidieron explicaciones, el gran capitán, que para darle mayor dramatismo al momento entró acompañado de Mike Catt (un gran jugador, pero que pasó a la historia por el hecho de ser arrollado por Lomu en ese mundial) soltó un discurso escueto pero directo, que a buen seguro hizo caer más de una taza de té entre los mandamases ingleses: “Caballeros, si quieren que nos sigamos dejando pisar el cuello por estos simpáticos isleños estamos de acuerdo, pero tendrán que pagarnos por ello. Eso, o nos dejan jugar armados con arpones”.

Lomu arrollando a Mike-Catt, en el mundial del 95

Lomu arrollando a Mike Catt, en el mundial del 95

Tras esa reunión, el 25 de agosto de 1995 en el Hotel Ambassador de París, el International Rugby Board votó por revisar y reformar las reglamentaciones de participación del juego, aprobando que el rugby fuese, a partir de ese momento, un deporte abierto. A partir de ahí el rugby dio un salto de calidad técnica, haciéndose más físico, con más partidos y con mayor espectáculo. Los mundiales se convirtieron en un éxito de público; el V Naciones pasó a ser VI Naciones con la incorporación de Italia; el Hemisferio Sur siguió siendo superior, pero Inglaterra ganó el mundial en 2003; Argentina se hizo un hueco en la élite por derecho propio; los All Blacks siguen arrasando…

…Y los jugadores se hicieron más fuertes, trabajando cada día por y para el rugby, y sustituyeron las viejas camisetas de algodón con cuello por otras elásticas y más ajustadas; y empezaron a hacer anuncios, y a llevar botas de colores, y a fichar por clubes millonarios… Pero el rugby es diferente a cualquier otro deporte, un partido sigue siendo un campo de sueños y los jugadores siguen siendo quijotes modernos desde que empiezan a jugar hasta que cuelgan las botas, aunque éstas sean de colores y las camisetas sean ceñidas.

Quiero creer y creo que por mucho dinero que hoy en día haya en juego, un jugador de rugby tiene muy claros los valores que sustentan este deporte, los hace propios desde pequeño y los defiende cada vez que salta al campo, porque en el momento de la verdad sigue siendo un guerrero en mitad de la batalla, y los compañeros de equipo seguirán siendo siempre su gran familia. Con sonadas excepciones, este espíritu se puede seguir viendo en el rugby actual de máximo nivel, porque por mucho profesionalismo que haya, el jugador de rugby es algo más, y es ese algo más lo que precisamente le hace jugador de rugby.

A veces pierdo un poco de esta fe cuando veo una mala actitud en el terreno de juego, cuando oigo silbar un pateo a palos o cuando me entero de que el nombre del estadio de Murrayfield está en venta, entre otras cosas. Pienso que se va a ir todo al garete, que olvidaremos la esencia del juego, que perderemos los valores, que nos convertiremos en un deporte más del montón… Y es en días como esos cuando voy con más ansia al entrenamiento de la noche, recupero mi primera camiseta de rugby -de algodón con los escudos de los equipos del antiguo V Naciones- a modo de coraza y me tomo cada ejercicio como el lance más importante de la batalla: pongo el balón bajo el brazo cual lanza en ristre, me encomiendo a mi amada Dulcinea y cargo contra los gigantes. Contra los gigantes, sí; porque aquellos que allí ves, amigo Sancho, no son molinos, no; son y serán siempre gigantes.

Celso Pérez Graña