La década de los Dragones: la Orquesta Roja

Gareth Edwads abre un balón de la melé a su línea de Tres Cuartos

No os preocupéis chicos, sólo es un juego, simplemente dadme buenos balones y ganaremos. Sólo son los All Blacks, ¿cuántos puntos queréis que marque hoy?

Para cualquier aficionado al rugby, una frase como esta es algo más que una fanfarronería, que una simple mentira, que una mera provocación. Es todo un sacrilegio, un pecado mortal, es saltarse el Segundo Mandamiento: “No pronunciarás el nombre de los All Blacks en vano”. Pero no para el hombre que la acababa de pronunciar ni para los “discípulos” que lo escuchaban, para ellos era una certeza, un dogma.

Corría el verano de 1971, y mientras dentro del vestuario del Athletic Park Stadium de Wellington se decían estas palabras, en las puertas del estadio se había congregado un grupo de religiosos y predicadores con una pancarta que decía “¿Qué harías si Dios volviese a la Tierra?”. Al acabar el partido, un aficionado neozelandés se acercó al portador de la pancarta y en tono irónico le dijo: “Dios está en el equipo de los Lions, juega de medio apertura”. El jugador que se había atrevido a pronunciar la frase había refrendado en el campo su certeza: ese día Barry John marcó un ensayo, dos conversiones y un drop para que su equipo se impusiese a los todopoderosos All Blacks, ganándoles con ello el cómputo global de test en la gira de ese año.

Al contrario de lo que se pueda pensar, Barry John, el número 10 de la selección galesa de rugby de la época, era un chico tímido y que detestaba la fama. Un jugador que podía demostrar con hechos sus palabras porque conocía su potencial y el de sus compañeros, porque aquella no era una religión monoteísta: a su lado jugaban otros “dioses” junto con los que creó la mayor leyenda de la historia del rugby, el equipo más recordado y más admirado de todos los tiempos, y que aún hoy está grabado en el subconsciente de todo rugbier con cierto pasado. Aquel equipo por el cual decir Gales se convirtió en sinónimo de decir Rugby.

El País de Gales, el “hermano pequeño” de los países británicos, el menos conocido de ellos y el más pequeño con menos de 3 millones de habitantes, es humilde como su símbolo, el puerro. Un país en cuya historia no aparecen listas de reyes centenarios, batallas memorables o grandes escritores, pintores o músicos, como ocurre con sus vecinos, pero que no por ello está menos orgulloso de sus raíces, su tierra, su historia y su tradición, a su manera. Y es que en el País de Gales, la historia, la cultura y la religión tienen un nombre propio: el rugby.

En este pequeño país de ovejas, mineros, profundos valles, estibadores y bulliciosos puertos, el rugby es una auténtica pasión, una verdadera religión, más que en cualquier otro país del mundo (con el permiso de Nueva Zelanda). Durante todo un siglo, los abnegados fieles del XV del Puerro abarrotaban las gradas del Arms Park de Cardiff cada día de partido, convirtiendo a este estadio en la “Catedral” del rugby mundial, pero al contrario de lo que ocurría en su homólogo inglés, el “Templo” de Twickenham, no llegaban en fabulosos Rolls Royces, Bentleys, Jaguars o Aston Martins. En Gales, el rugby no ha sido nunca elitista; es el deporte del pueblo, que vive por y para él.

En su extensa historia ligada al balón oval, muchos son los nombres destacados, pero ninguno ha sido tan recordado como los que formaron parte del equipo nacional durante la década de los 70, aquellos que formaban la columna vertebral de los Lions en la histórica gira de 1971 que abre el artículo. Entre los años 1969 y 1979, el XV de Gales forjó un mito que ha llegado hasta hoy, consiguiendo quedarse en el imaginario de los aficionados al rugby de todo el mundo como el mejor equipo de la historia de este deporte (con el debido respeto a las potencias rugbísticas del Hemisferio Sur, por supuesto) gracias a su juego rápido y espectacular, donde primaba la continuidad y cuyo juego a la mano se convirtió en puro virtuosismo.

Para los amantes del rugby, aquella fue una época de ensueño. Unos años de deleite ovalado, donde el juego vistoso intuido en Francia en los años 60 se convirtió en la premisa del equipo galés, y cuyos integrantes se convirtieron en los protagonistas de los libros de historia de su país. Jugadores como Gareth Edwards, JPR Williams, Phil Bennett o Barry John se convirtieron en los nombres galeses más conocidos en todo el mundo.

Barry John patea el balón ante la atenta mirada de JPR Williams

Barry John patea el balón ante la atenta mirada de JPR Williams

El apelativo de leyenda lo ganaron realizando una revolución en el juego del momento, tosco, duro y sincopado, donde el juego de delantera –impacto y empuje- era el protagonista. Los integrantes de este equipo lograron insuflar al rugby un aire nuevo, consolidando el estilo que habían dejado intuir los hermanos Boniface en la década anterior en Francia (ver Cuando el rugby se hizo arte) y llevándolo a un estadío superior, más avanzado, donde predominaba un juego basado en la velocidad del balón, con constantes apoyos de los compañeros, variaciones tácticas y cambios de ritmo que hacían mantener el balón siempre vivo. Un juego, en definitiva, espectacular, talentoso para el jugador y vistoso para el espectador, pero con el que además se conseguía desbordar a los oponentes y conseguir buenos resultados.

Los orígenes de la leyenda se sitúan en 1967. Ese año la Federación Galesa de Rugby convierte a Ray Williams en el primer director técnico nacional de la historia del rugby mundial, que realiza una verdadera revolución en el seno del XV galés. En la parte práctica, se rodea de un comité de entrenamiento y de un comité de selección, y crea además un sistema de rotaciones donde reúne a los mejores jugadores del país en fechas extraoficiales. En cuanto a la teoría de juego, la presenta en enero de 1968 en el libro “Back Row Forward Play” (El juego de la Tercera Línea), que a su vez está influido por el libro del francés René Delepace titulado “Rugby de mouvement, rugby total” y que fue ignorado en su país. El libro de Ray Williams profundiza en el concepto de movimiento presentado por el francés y se convierte en un manual sobre la defensa de un nuevo estilo de juego basado en la continuidad. La idea principal presentada para conseguir esa continuidad se basa en la premisa de que cada uno de los delanteros, Primeras Líneas incluidos, ayuden y apoyen al portador del balón como cualquier otro jugador en todas las jugadas de ataque.

El resultado fue una maquinaria perfecta, una orquesta totalmente coordinada, que reinventó el rugby, conquistó al público de todo el planeta e impuso su estilo de juego sobre sus rivales durante toda una década. Entre 1969 y 1979, el País de Gales ganó en 8 ocasiones el Torneo de las V Naciones (3 de ellas con Gran Slam, en 1971, 1976 y 1978), dejando tan sólo por el camino el torneo de 1972 (suspendido a mitad del torneo por los sucesos del Bloody Sunday ocurridos en Derry) y la dolorosa derrota de 1977 contra la Francia de La Bande à Fouroux, que será la protagonista de nuestro próximo artículo.

Pero esta orquesta no habría conquistado la excelencia si no hubiese contado con unos “músicos” virtuosos, muchos de los cuales forman parte a día de hoy del mejor XV de la historia mundial. Los nombres más conocidos son los de Gareth Edwards, Barry John, JPR Williams, Phil Bennett, John Dawes y Mervyn Davies, pero es necesario nombrar al resto, ya que todos tienen su lugar de honor en la historia de este deporte: J.J. Williams, John Bevan, Gerald Davies, Derek Quinnell, John Taylor, Steve Fenwick, Trevor Cobner, y cómo no, el “Pontypool Front Row” -Charlie Faulkner, Bobby Windsor y Graham Price- los tres primeras líneas del equipo, originarios los tres de la pequeña aldea minera de Pontypool y trabajadores los tres del carbón y del metal cuando no estaban jugando al rugby.

Graham Price, Bobby Windsor y Terry Faulkner, el “Pontypool front-row”, preparado para entrar en acción en una melé

Graham Price, Bobby Windsor y Terry Faulkner, el “Pontypool front-row”, preparado para entrar en acción en una melé

Y por supuesto, el jugador número 16. En una época en que los equipos no tenían psicólogos deportivos, coachers motivacionales ni primas por ganar, los jugadores de Gales tenían a SU público. Animando sin parar desde el minuto 1 hasta el 80, sentados y de pie en la Catedral, siempre llena. En aquella época el himno que sonaba al principio de los partidos de Gales era el británico God Save the Queen, pero sonaba por la megafonía mientras los jugadores calentaban, sin que público o jugadores se parasen a cantarlo o tan siquiera a escucharlo. El verdadero momento de emoción con el himno se producía en todos los partidos de Arms Park alrededor del minuto 30, cuando todo el público, al unísono, empezaba a entonar en gaélico el Hen Wlad Fy Nhadau (El viejo país de mis padres), el himno oficioso del País de Gales, poniendo la piel de gallina a todo el que lo escuchase, jugadores del equipo rival incluidos. Y ese ambiente se culminaba por el “grito de guerra” de los aficionados, esa palabra gaélica imposible de pronunciar: Hywl. Un grito unísono de los 62.000 espectadores sincronizado con las acciones de sus jugadores, sin traducción exacta a ninguna lengua y que puede equivaler a apasionarse, divertirse, entretenerse, venerar; justo lo que el juego del equipo hacía sentir a las personas que lo veían.

Pero como una imagen vale más que mil palabras, qué mejor que dedicar unos minutos a ver a este equipo de ensueño para cerrar el artículo. Deleitaos con estos dos magníficos vídeos que resumen a la perfección esta década dorada, la Década Roja, los 10 años que cautivaron a todos los aficionados al rugby y que consiguieron que millones de personas en todo el mundo se enganchasen a este deporte para siempre.

Silencio en platea; la Orquesta Roja va a comenzar el recital.



Celso P. Graña