La Bande à Fouroux

Jaques-fouroux-rugbyGascón como D’Artagnan, de bajo talle como Napoleón, tozudo como De Gaulle y duelista como Cyrano, Jacques Fouroux encarna a la perfección en el molde que la historia y la literatura francesa guarda para sus protagonistas, como si fuese extraído de una novela de Alexandre Dumas o de un cuento de Guy de Maupassant.

A pesar de sus escasos 1,62 metros de altura y 66 kilos, Fouroux decidió desde muy joven que el rugby sería la pasión de su vida, y que supliría su escaso físico con valentía, coraje y carácter, mucho carácter. Con estas tres cualidades, el lugar del pequeño Jacques no podía ser otro que detrás de la melé, como director de orquesta guiando a sus compañeros. Desde su posición de medio melé, Le Petit Caporal (el Pequeño Cabo, sobrenombre que compartía con Napoleón) se convirtió en un auténtico meneur d’hommes, en todo un líder.

Aunque siempre jugó en clubes considerados modestos en Francia (FC Auch, US Cognac y La Voulte Sportif), esta capacidad de liderazgo no pasó desapercibida para los seleccionadores del combinado francés, y fue en el equipo de Francia precisamente donde demostró su valía y forjó una reputación que lo llevaría a ser uno de los nombres más conocidos de la historia rugbística de su país, protagonizando una gesta que marcó a toda una generación de rugbiers.

El pequeño Jacques fue llamado por primera vez al equipo de Francia en 1968, a la edad de 24 años, pero no pudo debutar hasta 1972, siempre a la sobra de Richard Astre (apodado el Pequeño Mozart del rugby), su eterno enemigo por el puesto de medio melé de la selección francesa durante casi una década y líder del equipo de moda de la época, el AS Béziers. De suplente sigue hasta 1975, año en que empieza a asentarse en el puesto titular, y donde en menos de un año es nombrado capitán. Una vez en “su puesto”, Le Petit Caporal tiene una visión: sueña con formar un gran ejército y lanzarse a la conquista de Europa, como Napoleón dos siglos antes, vengar Waterloo, imponerse a los ejércitos británicos y derrotar esta vez sí al discípulo aventajado de Wellington, encarnado en esos años en Gareth Edwards y su invencible equipo del País de Gales (ver La década de los Dragones: la Orquesta Roja). Con este sueño en la cabeza, Fouroux empieza a construir un equipo a su medida, contagiando con su carisma a los jugadores e imponiendo sus ideas de juego en el campo: a Jacques le gusta el juego directo, olvidando el rugby champagne del equipo francés en la década anterior (ver Cuando el rugby se hizo arte), un juego basado más en lo afectivo y en la fuerza que en la técnica y la vistosidad, donde los enormes delanteros se imponen en el campo no sólo a base de empuje y potencia, sino también de juego duro, dejando bien claro desde el primer momento “quién manda allí”.

El origen del equipo de leyenda se sitúa en 1975. Ese verano Astre juega como titular toda la gira del equipo francés por Sudáfrica, pero en el último partido del año es Fouroux el elegido. El 23 de noviembre en Burdeos, el XV de Francia gana contra Rumanía por 36 a 12 con una gran dirección de Fouroux y una intensidad fuera de lo común en los delanteros, que pasaría a ser la seña de identidad del equipo: ese día, los rumanos recibieron una paliza en el marcador y otra más dolorosa en el campo. A partir de entonces Jacques no abandonaría la titularidad y asumiría la capitanía, imponiendo su estilo de juego en el equipo y perfilando el bloque que le llevaría a la conquista de Europa.

En el V Naciones de 1976, la personalidad del equipo se va consolidando: en los primeros minutos del partido final contra Gales, en el que los dos equipos se jugaban el torneo, los franceses Bastiat e Imbernon pisan con saña la rodilla lesionada de Merwyn Davies, y en un ruck posterior, JPR Williams sale con toda la cara arañada y sin pantalones, suerte que también comparte el pilar Graham Price unos minutos después. Ese día Francia perdió el partido en el último minuto, pero su delantera ganó una fama que haría temblar a todos sus adversarios durante el año siguiente.

Porque 1977 iba a ser “El Año”, Le Petit lo sabía bien. En los meses previos al V Naciones de ese año, Fouroux acaba de perfilar el proyecto que tenía en mente influyendo en el seleccionador Toto Desclaux para que conformase un equipo “a su medida”, 15 jugadores y sólo 15 con los que pretendía realizar una gesta nunca antes conseguida. Justo antes de empezar el torneo, la maquinaria está completamente engrasada, sólo falta ponerla a funcionar, y para eso Jacques comienza a establecer una serie de rituales para motivar a sus compañeros, para hacerles ver que por delante tenían el camino hacia la gloria y para compartir con ellos su sueño: ganar el Torneo y el Gran Slam (victoria en todos los partidos) no concediendo ningún ensayo a los equipos rivales y jugando con los mismos 15 jugadores todos los partidos.

Con 15 jugadores sólo, el XV de Francia nunca mejor dicho, 15 nombres que han quedado grabados en la mente de todos los aficionados al rugby francés desde entonces y que tienen un lugar privilegiado en la historia de este deporte, 15 nombres de leyenda, 15 nombres que merecen ser conocidos, 15 nombres que merecen ser recordados. La primera línea estaba formada por dos pilares de leyenda, Robert Paparemborde (Patou) y Gérard Cholley (Chochó), y un potente talonador, Alain Paco; en la segunda línea jugaban dos torres, Jean-François Imbernon y Michel Palmié (La Palme), y la delantera la completaba la que quizás es la mejor tercera línea francesa de todos los tiempos, formada en los flankers por Jean-Pierre Rives (Casque d’Or) y Jean-Claude Skrela, con Jean-Pierre Bastiat (La Bestia) en la posición de 8. A la batuta, cómo no, estaba Fouroux en la posición de 9, acompañado por Jean-Pierre Romeu como apertura, y completando la línea figuraban Roland Bertranne y François Sangalli en los centros, Dominique Harize y Jean-Luc Averous en las alas, y Jean-Michel Aguirre en el puesto de zaguero.

Tras asumir la capitanía, el primer ritual que establece Fouroux es un rendez-vous secret de los jugadores antes de las concentraciones. En la previa de los partidos, antes de acudir a la sede de la Federación Francesa de Rugby en la Cité d’Antin, los jugadores se reunían en el restaurante L’Enclos de Ninon, en los alrededores de la plaza de La Bastilla de París, donde compartían una buena comida regada por numerosas botellas de champagne Laurent-Perrier Cuvée Grand Siècle, hábito que nunca llegaron a conocer los dirigentes de la Federación.

Ya en la concentración, la parte fuerte se concentraba en la previa del partido cuando éste se jugaba en el Parc des Princes de París. Muy de mañana, los “gordos” asaltaban el comedor antes de que el entrenador llegase a desayunar, asaltos compuestos de varios platos consistentes regados con vino tinto, por supuesto. A las 11 los delanteros se reunían en la habitación de Fouroux, que gustaba rodearse de sus bestias a tal hora para empezar a azuzarlas, dirigiéndoles acaloradas arengas y sintiéndose uno más entre aquellas gigantescas ocho moles: a Jacques siempre le brillaban los ojos de orgullo cuando le llamaban “el noveno delantero” de aquel equipo, sobrenombre que consiguió ganarse con creces sobre el campo.

El acto siguiente forma parte de los ritos actuales del rugby, pero lo que poca gente sabe es que lo instauró este equipo: la entrega de las camisetas a los titulares. En este momento, el entrenador iba llamando a cada jugador uno a uno, y les hablaba de sus pueblos y aldeas, de sus vecinos, de sus familias, de la paliza que les darían sus abuelas si perdían… Desclaux sabía exactamente qué decir a cada jugador para motivarlo, para tocar su fibra sensible.

El segundo plato fuerte del día era el viaje en autobús hasta el campo, donde cada jugador tenía su sitio: Cholley en primera fila, justo detrás Paparemborde, y atrás de todo Fouroux controlándolo todo, secundado por Bastiat. Ya en la ruta, desde Rueil hasta el Parc des Princes, la comitiva encabezada por policías motorizados atravesaba París a toda velocidad a golpe de sirena, mientras el tráfico se abría a su paso como las aguas del Mar Rojo ante Moisés. Desde el interior del autobús, el espectáculo era impresionante. El propio Cholley explicaba que en esos momentos “tenía la impresión que me hundía con el balón en la defensa contraria”, y Aguirre que la veloz carrera entre el tráfico “daba una sensación de potencia incomparable”.

Ya en los vestuarios, donde cada uno tenía su puesto fijo, el ambiente se volvía solemne, con la máxima concentración de los jugadores. Una vez preparados, pasaban a una sala adjunta a calentar, y allí empezaba la locura: los delanteros golpeaban las paredes con cabeza y puños, intentando mover los muros a base de fuertes percusiones contra ellos, patadas y melés. Obligados por la situación, los livianos Tres Cuartos paraban por momentos sus estiramientos para observarlos, daban gracias por compartir equipo con ellos y se echaban a temblar pensando en lo que le esperaba a sus rivales. Cuando esta locura llegaba a su clímax, Fouroux los paraba en seco y les hacía salir al campo. Estaban Listos.

En el campo faltaba el último ritual, otra gran aportación de este equipo a la liturgia de los partidos de rugby. En esa época los himnos sonaban por megafonía, pero los jugadores no se paraban a escucharlos, y continuaban realizando ejercicios de calentamiento mientras sonaban. Para aguijonarlos por última vez antes del combate, en ese momento Fouroux obligaba a sus jugadores a formar un círculo mientras sonaba La Marsellesa, e iba repartiéndoles puñetazos mientras les repetía que padres, madres, esposas e hijos los estaban observando, que el país entero estaba pendiente de ellos. Por supuesto, observando atento que todos sus compañeros cantaban el himno, y pegando y gritando más fuerte a aquellos que no lo hacían.

Y así, cuando el partido debía comenzar, la temible maquinaria de guerra francesa estaba lista para la batalla. Sin un atisbo de piedad hacia el enemigo y con la mente puesta únicamente en la victoria, La Bande à Fouroux estaba preparada.

El XV de Francia en círculo, con Jacques Fouroux en el medio, cantando el himno antes de un partido.

El XV de Francia en círculo, con Jacques Fouroux en el medio, cantando el himno antes de un partido.

El primer partido del V Naciones de 1977 enfrentaba a Francia contra el País de Gales, ganador del Gran Slam el año anterior y claro dominador del Torneo durante esa década practicando un rugby vistoso y talentoso, basado en el rápido movimiento del balón a través de constantes apoyos -exactamente todo lo contrario al estilo de la Francia de Fouroux- y que contaba con los mejores Tres Cuartos del momento y, probablemente, de la historia (ver La década de los Dragones: la Orquesta Roja). Este primer partido sería la prueba de fuego que marcaría los siguientes: si se podía con la todopoderosa Gales, este equipo podría aspirar a todo.

Desde el principio del partido, la delantera francesa empezó a hacer gala de su “estilo”, ensañándose especialmente con JPR Williams y haciendo muy trabado el juego durante toda la primera mitad, que acabó con un empate a 3 gracias a los golpes transformados por Romeu para Francia y Fenwick para Gales. En la segunda parte, la contundencia de la delantera francesa fue decantando el partido de su lado: una acción de delantera permitió a Jean Claude Skrela anotar cerca de palos, con la posterior conversión por parte de Romeu; y un buen balón abierto a la línea por Fouroux posibilitó que Dominique Harize rompiese la defensa y consiguiese un nuevo ensayo para su equipo.

Fouroux se lanza al suelo a recuperar un balón, mientras a su espalda Gareth Edwards forcejea con Jean-Pierre Rives y Phil Bennett sigue la jugada de lejos.

Fouroux se lanza al suelo a recuperar un balón, mientras a su espalda Gareth Edwards forcejea con Jean-Pierre Rives y Phil Bennett sigue la jugada de cerca.

Ante el juego desplegado por la delantera francesa, el País de Gales no pudo reaccionar, y los dos golpes transformados por Fenwick no serían suficientes para revertir el marcador. Al final del partido, y tras la transformación de un nuevo golpe por Romeu, el marcador mostraba un contundente 16 a 9 para Francia. El sueño de Fouroux empezaba a tomar forma.

Aunque parecía que el principal escoyo se había pasado, el siguiente partido contra Inglaterra cobró una importancia inusitada en la previa del partido. La prensa inglesa, para intentar desestabilizar al equipo galo, llevó a cabo una campaña de “acoso y derribo” demonizando a los delanteros franceses, a los que tildó de “Horda Salvaje”.

Dada esta situación, el partido de Twikenham se convirtió en una auténtica olla a presión, con un público enrabietado y enfurecido. La tensión de la grada se trasladó al campo desde el primer minuto, y el partido se convirtió en un choque de titanes entre las dos delanteras, sin que ningún equipo consiguiese tan siquiera acercarse a la zona de marca o a los palos contrarios hasta bien entrada la segunda parte.

La igualdad la consiguió romper François Sangalli en el minuto 8 de la segunda parte, en una jugada característica de aquel equipo: tras un saque rápido de touche, Romeu realiza una larga patada, controlada por la delantera inglesa en su línea de 40 metros. La fuerte presión de la delantera francesa consigue recuperar el balón, que es recogido por Jacques Fouroux. El capitán amaga un pase, realiza un contrapié que rompe la cintura a un delantero inglés, y “cuela” el balón entre dos contrarios para encontrar a Jean Michel Aguirre. Aguirre no consigue atrapar el balón, pero el árbitro juzga que cae hacia atrás y no concede el avant, y el que sí consigue llegar al balón es Jean-Luc Averous, que corta la defensa rival y encuentra a su izquierda a Aguirre. Esta vez Aguirre atrapa el balón y tras dos zancadas lo juega con François Sangalli, que recorre los últimos metros para conseguir ensayar a pocos metros del banderín de touche. El marcador se situaba así en 0 a 4 para los franceses, con más de 30 minutos de partido por delante.

A partir de entonces los ingleses aumentaron la presión, pero el desacierto con el pie del zaguero inglés Alastair Hignell, que sólo consigue convertir un golpe de castigo tras numerosas oportunidades, sitúa el marcador final en 3 a 4 para Francia. De esta manera, los franceses consiguen salvar un partido donde todo lo tenían en contra, ganándose en las crónicas posteriores el apelativo de La Résistance, y equiparando a Jacques Fouroux con el mismísimo Jean Moulin.

Las delanteras inglesa y francesa a punto de entrar en una melé, con Fouroux al fondo.

Las delanteras inglesa y francesa a punto de entrar en una melé, con Fouroux al fondo

El siguiente partido, contra Escocia, no tuvo excesivas complicaciones para los franceses a juzgar por el marcador final, pero todo pudo torcerse a los pocos minutos de iniciar el partido. A mediados de la primera parte, Gérard Cholley, en mitad de un maul y sin venir a cuento, conecta un perfecto puñetazo en la mandíbula del segunda línea escocés Doug McDonald. El directo de Chochó, exlegionario y campeón de boxeo del Ejército de Francia, tumba en el acto al gigante escocés. La delantera francesa atacaba de nuevo.

Si juzgamos esta acción con los ojos de hoy, indudablemente merecería la expulsión y una dura sanción para el jugador francés, pero en el rugby de la época casi se consideraba “normal”. En palabras de Pierre Berbizier: “Si no puedes encajar un puñetazo, deberías dedicarte al tenis de mesa”. Hasta la fecha, ningún jugador había sido expulsado en un partido del V Naciones, y aquel no sería ese día. Aún tendríamos que esperar unos años para ver el primero. Ese día, el árbitro del encuentro -el galés Meirion Joseph- castigó la acción con un simple golpe de castigo, sin más consecuencias. Ese día, Cholley siguió “repartiendo juego” hasta el final del partido.

Gérard Cholley carga contra la delantera inglesa con el apoyo cercano de Jean-Claude Skrela y Jean-Pierre Rives

Gérard Cholley carga contra la delantera inglesa con el apoyo cercano de Jean-Claude Skrela y Jean-Pierre Rives

El partido continúa y Francia aplica su rodillo: ese día ensayarán por el equipo francés Paparemborde, Paco, Harize y Bertranne, con un golpe y dos conversiones transformadas por Romeu. Pero a pesar del resultado abultado, un lance de juego casi estuvo a punto de estropear la “Perfección a 15” justo antes de escapar de la expulsión de Cholley. A principios del partido, un placaje alto directo a la cara de Fouroux le rompe a éste la nariz, que se convierte en un manantial de sangre. El médico, Didier Pène, intenta taponar la hemorragia con algodones, pero la cascada no cesa. El doctor le dice entonces a su paciente que tiene que ser sustituido. Cuando Jacques mira hacia la banqueta y ve a Astre empezando a prepararse para salir al campo, agarra al médico por la pechera y le dice: “Si me sustituyes, dejarás de ser mi amigo. Y si yo salgo, tú dejarás el equipo”. Ante esa situación, al pobre doctor sólo le queda bajar la cabeza y rellenar las narices de Fouroux con bolas de algodón, que jugará todo el partido con la nariz rota. Le Petit Caporal se ha salido con la suya una vez más: Francia gana por 23 a 3 sin encajar ningún ensayo en contra y jugando todo el partido con los mismos 15 jugadores, los mismos 15 que ante Inglaterra, los mismos 15 que ante el País de Gales y los mismos 15 que 14 días después saltarían al césped de Lansdowne Road para enfrentarse a Irlanda en el último partido del torneo.

El viejo estadio de Lansdowne Road -fabricado en madera y hierro, con el metro pasando por debajo de su tribuna oeste- sería pues el escenario final para la culminación del sueño de Fouroux, en lo que se preveía un partido difícil. Un estadio con solera, el más antiguo del mundo, construido en 1872, y donde los aficionados del XV del Trébol creaban un ambiente ensordecedor para animar a su equipo.

En este estadio, tras los incidentes del Domingo Sangriento de Derry en 1972, no se interpretaban los himnos, así que Fouroux no dispondría de ese momento final para motivar a sus hombres. Pero el pequeño Jacques sabía que aquel 19 de marzo era el día elegido para entrar en la historia, y se adapta a la falta de himnos: en los minutos previos al partido recibe a los suyos en el vestuario con un magnetófono. Cuando todos los jugadores están a su alrededor, acciona el Play, y en los altavoces empieza a sonar Nabucco de Verdi. Los jugadores lo escuchan abrazados en círculo. En silencio. No hay nada más que decir; todo el mundo sabe lo que tiene que hacer; el Gran Slam está a un paso, y no se puede escapar.

Pero el partido se puso difícil para los intereses franceses desde el principio. Los irlandeses se ponen por delante en el marcador gracias a dos golpes trasformados por Michael Quinn y Mike Gibson, aunque Romeu recorta distancias antes del descanso, al que se llega con el marcador de 6 a 3 para el XV del Trébol. A la reanudación, el equipo francés aumenta la presión transformando Jean-Michel Aguirre un golpe de castigo, y al que le sucedería un ensayo de Jean-Pierre Bastiat en el minuto 8, ensayo que es convertido por el propio Aguirre. Con el resultado de 6 a 12 a su favor, Francia aguanta todas las envestidas irlandesas durante los minutos siguientes, y cierra el marcador gracias a un golpe trasformado otra vez por Aguirre.

Cuando el árbitro pita el final del partido, el equipo francés se ha impuesto por 6 a 15, sin recibir ningún ensayo en contra tampoco esta vez, con los mismos 15 de siempre. De esta manera, el XV de Francia ganaba el torneo, conseguía por segunda vez en su historia el Gran Slam, se convertía en el único equipo en conseguir ganar el torneo con los mismos 15 jugadores y, lo que es más difícil, sin encajar ningún ensayo en contra, algo que sólo los ingleses estuvieron a punto de conseguir en 1957. Ese día, el equipo francés de 1977 –La Bande à Fouroux– entró en la historia del rugby y se convirtió en leyenda.

La-Bande-a-Fouroux¿Y qué pasó después? La leyenda de 1977 quedó grabada en los aficionados, pero el rugby francés exigió evolucionar hacia un juego más moderno, más técnico y menos duro, y La Bande à Fouroux no pudo aguantar un año más unida. Para inmortalizar el recuerdo de su gesta, en 1979 los 15 protagonistas fundan los Barbarians Franceses, creando así un nuevo símbolo del rugby francés, donde se juntarán con la nueva hornada del rugby galo que está por venir. Hornada que el destino querrá que sea dirigida por nuestro protagonista. En la década siguiente, Jacques Fouroux entrenará a la Generación de Oro del rugby francés, y llevará al equipo galo a conseguir sus mayores logros. Como seleccionador, Jacques dejará de ser Le Petit Caporal y se convertirá en Le Grand Général.

Pero esa es otra historia, que será contada en otra ocasión. Por ahora, dejemos a los campeones en su altar, esperando a que llegue otro equipo que pueda igualar su gesta. Y qué mejor manera de recordarlos que viéndoles jugar. La Horda Salvaje está suelta, que se preparen los contrarios, La Bande à Fouroux salta al campo una vez más.


Rugby grand chelem 1977. Hommage por Golgot38

Celso P. Graña