Historia de la copa del mundo de rugby VI

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La primer Copa del Mundo del nuevo milenio volvía en esta ocasión al hemisferio sur, casualmente al país cuyo equipo se había proclamado campeón del mundo en la anterior edición, Australia, y como tal era uno de los grandes favoritos junto a los neozelandeses y los equipos más fuertes en ese momento en el hemisferio norte: Inglaterra y Francia.

Esta edición es considerada la primera Copa del Mundo del rugby moderno, con el profesionalismo ya asentado en casi todo el panorama rugbístico mundial. Precisamente desde entonces, es el desarrollo del profesionalismo en cada país el que marcará la adaptación de sus equipos nacionales a los nuevos tiempos, como bien quedó demostrado en esta edición.

Esta llegada del dinero se notó en la mejora en la organización, ya que esta edición registró los mejores datos de asistencia a los campos de la historia del rugby, desbordando todas las expectativas: un total de 1.837.547 espectadores asistieron a los 48 encuentros disputados, destacando los datos registrados en la final, donde 82.957 personas se dieron cita en el Telstra Stadium de Sidney, cifra que es hoy en día el record de asistencia a un estadio de rugby en sus casi dos siglos de historia. Y, por supuesto, estos datos supusieron un éxito económico nunca antes asociado al mundo del rugby, con un beneficio neto superior a los 150 millones de dólares para los organizadores del torneo.

Eso sí, por encima de todo esto, y sin discusión alguna, esta edición será recordada por el nombre de su campeón, ya que esa victoria supuso romper una dinámica existente en las cuatro anteriores ediciones y que aún no se ha podido repetir hasta el día de hoy.

Como en la edición anterior, 20 fueron los participantes. Por un lado, los 8 cuartofinalistas del pasado mundial se clasificaron automáticamente (Australia, Francia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Argentina, Escocia, Inglaterra y País de Gales), y por los otros 12 puestos compitieron en eliminatorias regionales hasta un total de 81 selecciones, otro número récord hasta la fecha, corroborando así el potente efecto que la Copa del Rugby tiene en el crecimiento del deporte ovalado en todo el mundo. Tras disputarse las diferentes eliminatorias, estas plazas las consiguieron Canadá, Estados Unidos, Uruguay, Japón, Fiji, Samoa, Tonga, Namibia, Irlanda, Italia, Rumanía y, por la primera vez, Georgia.

De los cruces de la primera fase, el Grupo A se convirtió en el “grupo de la muerte”, ya que lucharían por dos plazas Australia, Irlanda y Argentina, mientras que en el resto de grupos estaban bastante claros los favoritos a pasar de ronda. Los enfrentamientos posteriores así lo corroboraron: se clasificaron Australia e Irlanda en el Grupo A, Francia y Escocia en el Grupo B, Inglaterra y Sudáfrica en el Grupo C, y Nueva Zelanda y País de Gales en el Grupo D.

Ya en Cuartos de Final, la gran victoria de Inglaterra sobre Sudáfrica en el Grupo C permitió a los británicos clasificarse como primeros de grupo y evitar así a Nueva Zelanda, teniendo que hacer frente a sus vecinos galeses, a los que se impusieron por 28 a 17. Por su parte, los neozelandeses arrollaron a los sudafricanos por 29 a 9. En las otras dos eliminatorias los resultados también fueron contundentes: Francia derrotó a Irlanda por un contundente 43-21, y Australia se impuso a Escocia por 33-16.

Las semifinales, una vez más, resultaron apasionantes, dividiendo el mundo rugbístico en dos hemisferios. Por un lado, Francia, finalista del anterior mundial, se enfrentaba a Inglaterra, la revelación de esta edición. Y por otro lado, los dos vecinos del sur -Australia y Nueva Zelanda- se enfrentaban en un duelo fratricida. El primer partido tuvo rugby de gran calidad, pero tras los 80 minutos el pie de Wilkinson, que consiguió pasar entre palos 5 golpes de castigo y 3 drops (siendo el único anotador de su equipo), se impuso con claridad al juego a la mano de los franceses, que tan solo consiguieron anotar un ensayo obra de Serge Betsen, y que fue convertido por Frédéric Michalak. El 24-7 del final del partido no permitía ningún tipo de discusión sobre el poseedor del primer pasaporte a la gran final.

El segundo partido, entre Australia y Nueva Zelanda, tuvo dosis de épica legendaria, con los dos equipos jugando a un altísimo nivel para conseguir la ansiada plaza en la final. El partido estuvo muy igualado en la primera parte, con un ensayo anotado por cada bando y mucha intensidad en las dos delanteras. Pero, como en la otra semifinal, poco a poco la balanza se fue decantando gracias a los chuts a palos, donde el certero pie de Flatley, el apertura australiano, consiguió anotar hasta 5 penalidades hasta colocar a su equipo con 22 puntos, suficientes para apear una vez más a los All Blacks de una Copa del Mundo, que sólo consiguieron 10 puntos. Para la historia pasaría la frase que al final del partido dedicó George Gregan, el capitán australiano, a los jugadores neozelandeses: “Four more years, boys, four more years!”.

La final volvía a enfrentar a los mismos protagonistas que en la edición de 12 años antes, ver Inglaterra 1991. Australia partía como favorita no sólo por ser la anfitriona y la campeona actual, también por el dominio contundente que mostró contra Nueva Zelanda en semifinales. Por su lado, Inglaterra se había convertido en la gran sorpresa, con una potente delantera y con su apertura Jony Wilkinson en estado de gracia en los chuts a palos (ver Cuando Jonny cogió su fusil).

El partido fue muy duro desde el principio, con los dos equipos aprovechando cada golpe de castigo para intentar hacer puntos, conscientes de que el mínimo error los privaría de la gloria. Inglaterra se va imponiendo desde el principio del encuentro en la dinámica del juego, pero Australia replica una y otra vez: cada vez que los ingleses lograban ponerse por delante, los australianos respondían con la misma moneda, igualando el marcador. Como no podía ser de otra manera, el partido acaba en empate, y en la prórroga sigue la misma tónica: a falta de 3 minutos para el final del partido Inglaterra ganaba por 17-14, pero Elton Flatley consigue convertir un golpe de castigo para Australia que devolvía la igualdad al marcador.

El golpe fue muy duro para el equipo inglés. La cara de sus jugadores reflejaba rabia; más que contra el rival, contra sí mismos por haberse dejado empatar por enésima vez. Pero fue en ese momento cuando la maquinaria inglesa se conjuró para trabajar a la perfección para ofrecerle a su estrella la posibilidad de chutar a palos, y así fue: a falta de 32 segundos para el final del partido, el balón llega a Wilkinson a 25 metros de la línea de ensayo, un poco escorado a la izquierda. Wilco suelta el balón, éste toca el suelo con la punta y casi al mismo tiempo el empeine del pie derecho de Jonny se funde con él. El balón sale de su pie como una continuación de su bota, coge fuerza y se eleva hacia el cielo para quedarse allí para siempre, poniendo por delante a su equipo por 20 a 17 y sin tiempo para la reacción de su rival.

Así, Inglaterra consiguió proclamarse por primera vez en su historia como campeona del mundo de rugby, primer equipo del hemisferio norte que lo conseguía tras intentarlo anteriormente en tres finales tanto el XV de la Rosa como el XV del Gallo, y devolvía el golpe a Australia en su propia casa, tal como ellos habían hecho 12 años antes, al recoger el capitán Martin Johnson la Copa Web Ellis de manos del primer ministro australiano.

Celso P. Graña