Historia de la copa del mundo de rugby V

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País de Gales 1999: el profesionalismo llega al rugby para quedarse

La Copa del Mundo de rugby de 1999 supuso la puerta de entrada del profesionalismo a escala mundial y el pistoletazo de salida del rugby moderno. En los partidos disputados en esta edición se empiezan a atisbar las pautas que pasarán a dominar este deporte hasta el día de hoy pero aún mezcladas con la esencia del rugby tradicional, continuador de la tradición especialmente de las dos décadas anteriores. En definitiva, una combinación preciosa en el que se puede apreciar lo mejor de “dos mundos” y la unión de pasado, presente y futuro en un mismo partido, dejando esta edición algunos de los encuentros más fabulosos de toda la historia del rugby.

Entre las otras novedades de esta edición destaca la ampliación de equipos participantes –de 16 a 20- y la clasificación automática del equipo anfitrión y los tres mejores equipos del mundial anterior (en este caso, Sudáfrica, Nueva Zelanda y Francia). Los 16 puestos restantes se disputaron a través de eliminatorias regionales, en las que participaron un total de 63 países, entre los cuales se colaron tres debutantes: Namibia, Uruguay y España, en la que hasta día de hoy ha sido su única participación en la fiesta del rugby mundial. El resto de participantes, junto a los ya citados (País de Gales, Sudáfrica, Nueva Zelanda y Francia), fueron Argentina, Canadá , Estados Unidos, Irlanda, Inglaterra, Escocia, Rumanía, Italia, Australia, Fiji, Samoa, Tonga y Japón. Esta ampliación a 20 participantes provocó que por primera vez se disputasen unos Octavos de Final en una Copa del Mundo, donde se enfrentaron los segundos clasificados en la fase de grupos y el mejor tercero.

Como en la anterior edición celebrada en el Hemisferio Norte (Inglaterra 1991), en ésta las sedes se repartieron por todos los países vecinos con tradición rugbística: 5 en Francia, con el nuevo y flamante Stade de France a la cabeza (Saint-Denis, Toulouse, Lens, Bordeaux y Béziers), 4 en Inglaterra (Londres, Huddersfield, Bristol y Leicester), 3 en Escocia (Glasgow, Edimburgo y Galashiels), 3 en País de Gales (Cardiff, Wrexham y Llanelli), 2 en la República de Irlanda (Dublín y Limerik) y una en Irlanda del Norte (Belfast). Para alojar la fiesta de apertura del torneo, su primer partido y la final,  se inauguró ese mismo año en Cardiff el estadio Millenium, la joya del rugby moderno, con capacidad para 78.000 espectadores y una cubierta retráctil para los días de lluvia.

En la fase de grupos, los principales favoritos se impusieron sin dificultad a sus rivales para clasificarse para los Cuartos de Final como primeros de grupo: Sudáfrica en el grupo A, Nueva Zelanda en el B, Francia en el C y Australia en el E; sólo en el grupo D el primer puesto estuvo disputado con un triple empate a dos victorias entre el País de Gales, Samoa y Argentina, resuelto por deferencia de puntos a favor de los anfitriones en el pase directo, y el pase de los otros dos a los Octavos de Final como segundo de grupo (Samoa) y mejor tercero (Argentina), a los que se les unieron Fiji, Escocia, Inglaterra e Irlanda.

Los cruces de Octavos depararon tres enfrentamientos Norte-Sur, y donde, salvo por la proeza argentina, los equipos europeos se impusieron: Inglaterra venció a Fiji por 45-24, Escocia derrotó a Samoa por 35-20 y Argentina consiguió imponerse a Irlanda por un ajustadísimo 28-24, donde los pateadores, Humpreys y Quesada, sostuvieron el peso del partido anotando 7 golpes de castigo cada uno.

En los Cuartos de Final la tendencia de los octavos se invirtió, y esta vez los equipos del Hemisferio Sur se impusieron a los del norte, otra vez con la excepción de Argentina, que cayó derrotada contra Francia por 47 a 26. Por su parte, Sudáfrica venció a Inglaterra por 44 a 21, Nueva Zelanda hizo lo mismo contra Escocia por 30 a 18 y Australia derrotó al País de Gales por 24 a 9, siendo ésta la primera vez que el país anfitrión no conseguía llegar como mínimo a las semifinales.

Las semifinales se convirtieron en el plato fuerte de la competición, ofreciendo a los aficionados un espectáculo pocas veces visto en un estadio de rugby. En la primera semifinal se enfrentaron en Twikenham, el “templo londinense”, Australia y Sudáfrica en un duelo a la antigua, dominado por el juego de delantera, por la creatividad de los tres cuartos y por el protagonismo de sus pateadores a la hora de puntuar: el apertura sudafricano De Beer y el zaguero australiano Burke, autores de todos los puntos con permiso de un drop anotado por el apertura australiano Larkham. Pero la falta de ensayos no deslució el partido, más bien al contrario, lo hizo más interesante y ajustado, donde a cada avance en el marcador de un equipo respondía el contrario con la misma moneda, con Joost van Der Westhuizen inconmensurable en el medio melé sudafricano y con unos primeros 15 minutos que, con permiso de dos o tres partidos más (uno de ellos la siguiente semifinal), son la mayor maravilla rugbística de la historia de este deporte. Todo un clásico que cualquier amante a este deporte no se puede perder (próximamente tendréis el partido íntegro en nuestra sección de Palomitas). El resultado al final debería ser lo de menos, pero alguno tenía que ganar. Tras 80 minutos de puro infarto, donde los Springboks consiguieron igualar en el último minuto y forzar así la prórroga, la balanza se decanta para Australia en la segunda parte de la prórroga, desbloqueando el marcador los australianos con un magnífico drop de su apertura Stephen Larkham, el primero que anotaba con la camiseta de los Wallabies, que junto a un posterior golpe transformado por Burke otorgaban a los australianos la plaza para la ansiada final por 27 a 21 y apeaban de la competición a los campeones anteriores, que ya no podrían revalidar título.

Y si esta semifinal la calificamos de obra de arte, la que enfrentó a Francia contra Nueva Zelanda al día siguiente en el mismo estadio la podríamos considerar la Capilla Sixtina del rugby, su apoteosis, uno de esos partidos que se pueden ver una y mil veces sin cansarse, más bien al contrario, fascinándose como la primera vez con cada jugada, con cada ensayo, con cada placaje, con cada detalle… El partido que ningún amante del rugby se puede perder (ver Palomitas: Partido Francia vs All Blacks 1999).

Los neozelandeses llegaban al partido en un estado de forma excepcional, ganando todos sus partidos con autoridad, endosando a Italia 101 puntos en la fase de grupos, derrotando a Inglaterra y a Escocia por el doble de puntos y arrasando a los propios franceses justo tres meses antes con un rotundo 54 a 7. Por su parte los franceses habían hecho sus deberes clasificándose como primeros de grupo tras vencer a Fiji, Namibia y Canadá, y salvaron el honor del Hemisferio Norte al derrotar a Argentina en los cuartos por 47 a 26.

El partido empieza muy igualado, con ensayo francés y el inicio de un duelo apasionante entre los dos aperturas -Andrew Merthens por Nueva Zelanda y Chiristophe Lamaison por Francia-, dos de los mejores pateadores de la historia del rugby, que sitúan el marcador en un ajustado 10 a 9 para los franceses con 22 minutos transcurridos. Pero a partir de ahí el partido empieza a ponerse de cara para los All Blacks con una exhibición tras otra de Jonah Lomu, todo músculo y todo potencia, que fuerza la defensa gala una y otra vez hasta que en el minuto 24 consigue su primer ensayo con hasta 6 franceses colgados de él. 17-10 y la apisonadora empieza su función, que se acrecienta al poco tiempo de iniciar la segunda parte con otro ensayo de Lomu, otra vez con su sello personal de potencia y fuerza. 24-10 en el minuto 45 y los aficionados neozelandeses empezando a verse en la final, en un partido que se intuía cuesta abajo a partir de entonces.

Pero igual que un par de años antes en aquel mítico partido del V Naciones contra Inglaterra (ver La revancha de Waterloo), cuando Francia parecía abocada a la derrota, vuelve a aparecer Christophe Lamaison para responder con esperanza: tras el saque del centro tras el ensayo de Lomu, la delantera francesa encadena varias fases continuadas que le hacen ganar 30 metros, lo necesario para que Lamaison se juegue el drop y lo consiga. 24-13 en el minuto 47 y los franceses aún creen.

Y los franceses se vienen arriba. El equipo neozelandés no consigue mantener el balón y los galos se aprovechan, aumentando la presión de juego. Pocos minutos después fuerzan un golpe, que Lamaison pasa entre palos, al que le sigue otro poco después. 24-22 para los All Blacks y 18 minutos por delante.

Entonces ocurre el primer milagro de la noche: patada a la caja de Galtieh que la corre el pequeño ala galo, Christophe Dominici, rodeado de tres moles neozelandesas. Las posibilidades de atrapar  el balón son ínfimas, pero tras un caprichoso bote es su mano la que contra todo pronóstico se hace con el preciado tesoro, y consigue escurrirse para tras una grandísima carrera ensayar a la izquierda de pasos, acompañado en el estudio por los gritos de Bertrand Laporte en la televisión francesa, que exaltado exclamaba “Christophe Dominici, c’est un genie!”. Francia, contra todo pronóstico, remonta el partido y se sitúa por delante: 24-29. Pero no se quedó en eso, y el espectáculo continuó: al ensayo de Dominici le siguieron los de Richard Dourthe, Christophe Lamaison y Georges Bernard-Sales, en una apoteosis anotadora, que rompía la línea neozelandesa una y otra vez, ¡hasta conseguir anotar 26 puntos en 13 minutos! 43-24 a falta de 7 minutos. Ya en los instantes finales, el favorito para llevarse la Copa del Mundo consiguió maquillar el resultado con un ensayo de Wilson, dejando el marcador final en 43 a 31 para Francia.

Y así se llegó a la gran final: la gran defensa australiana contra el gran ataque francés, 6 días más tarde en el Millenium Stadium de Cardiff. Pero lo visto en las semifinales no se repitió en la final, y el ataque francés resultó totalmente inefectivo ante una férrea defensa de Australia, sin conseguir romperla hasta la línea de marca ni una sola vez.

Por su parte, los australianos fueron poco a poco haciendo su trabajo. Burke no perdonaba los golpes de castigo, pasando hasta un total de 7 entre palos, y los ensayos fueron llegando: Tune primero, y Finegan después, hicieron que el dominio en el marcador se alejase para los franceses, que sólo se podía defender con los certeros chuts a palos de Lamaison, que pasó 4 a lo largo de todo el partido. Al final, contundente victoria para Australia por 35 a 12, justo vencedor del partido y del campeonato.

De esta manera Australia se convertía en el primer equipo en coronarse como campeón del mundo por segunda vez, tras su victoria en la Copa del Mundo de Inglaterra de 1991, y su capitán John Eales, también presente en aquella final de hacía 8 años, fue el encargado de recoger la Copa Web Ellis de las manos de la reina Isabel II, que otra vez se la entregaba al capitán australiano.

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Celso P. Graña