Historia de la Copa del Mundo de Rugby III

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Inglaterra 1991: la consolidación del proyecto

La IRB, tras el éxito cosechado cuatro años antes en la primera edición de la Copa del Mundo, decidió trasladarla al hemisferio norte y compartirla con todos los países europeos con mayor tradición rugbística. Fue la segunda edición de la historia, y aunque Inglaterra era la sede principal (Londres, Leicester y Otley), compartía privilegio con diferentes ciudades de Gales (Cardiff, Gloucester, Llanelli, Pontypool y Pontypridd), Escocia (Edimburgo), Irlanda (Dublín), Irlanda del Norte (Belfast) y Francia (París, Toulouse, Lille, Béziers, Brive, Grenoble, Agen y Bayonne).

A diferencia de la primera edición, en ésta los equipos participantes no asistieron por invitación, a excepción de los miembros de la IRFB (Australia, Nueva Zelanda, Fiji, Francia, Inglaterra, Irlanda, Escocia y Gales), y 32 equipos nacionales participaron en un proceso clasificatorio para ocupar las otras 8 plazas restantes, siendo conseguidas por los mismos participantes de la primera edición con el único cambio de Tonga por Samoa (es decir, Japón, Samoa, Estados Unidos, Canadá, Argentina, Italia, Rumanía y Zimbawe). Sudáfrica, una vez más, quedó excluida de la competición por causa del boicot internacional fruto de la política Aparheid del país.

Entre los equipos participantes, Nueva Zelanda destacaba como favorito a revalidar su título, e Inglaterra, Australia y Francia se presentaban como serios aspirantes a hacerse con el cetro mundial.

La primera fase de grupos dejó algunos enfrentamientos muy interesantes, entre los que destaca el partido inaugural entre los anfitriones y los poseedores del título. El 3 de octubre de 1991 se enfrentaron en Twickenham los equipos de Inglaterra y Nueva Zelanda, en un partido muy igualado y de alto nivel, quizás el de mayor nivel de la Copa del Mundo, y donde los neozelandeses se impusieron por un ajustado 12 a 18 gracias al magnífico pie de su apertura Grant Fox.

Otras sorpresas de esta primera ronda fueron el dominio apabullarte de Escocia en el Grupo B, imponiéndose holgadamente a Japón, Zimbawe e Irlanda; la victoria de Samoa sobre Gales y Argentina en el Grupo C, clasificándose así para los cuartos; y la victoria de Canadá sobre Fiji y Rumanía, consiguiendo así su plaza para la siguiente fase y hasta poniendo en apuros a Francia por el liderato del Grupo D.

Ya en los Cuartos de Final, se pudo ver uno de los mejores partidos del campeonato, que enfrentó a dos de los equipos revelación de la primera fase: Escocia, el tapado del norte, contra Samoa, el primer equipo no perteneciente a IRFB que se clasificaba para unos cuartos de final, haciendo gala de un rugby muy físico con un placaje muy poderoso, y que en la anterior fase dejó fuera nada más y nada menos que al País de Gales y a Argentina. Tras 80 minutos de muy buen rugby, Escocia se impuso con autoridad a Samoa por 28 a 6, en un partido muy vistoso para el espectador.

El otro gran partido de los Cuartos de Final enfrentó a Irlanda contra Australia en casa de los primeros, en el mítico Lansdowne Road de Dublín. Los australianos, que partían como uno de los grandes favoritos para llevarse el mundial, tuvieron que sudar la gota gorda para superar a los irlandeses, en un partido loco, de ida y vuelta, y en el que gracias a dos ensayos de Campese y otro de Lygnah, dos de sus grandes estrellas, consiguieron imponerse por un ajustadísimo 18-19. ¡Y es que a falta de 3 minutos, los irlandeses ganaban por 18 a 15! Pero entonces llegó el ensayo de Lygnah, autor de más de la mitad de los puntos de ese día, y la lógica se impuso justo al final del partido.

En los otros dos partidos de los cuartos, Nueva Zelanda, el gran favorito, se impuso con holgura a Canadá por 29 a 13, en un partido sin muchos pormenores. Todo lo contrario que el último partido de cuartos, en el que se enfrentaron en París Inglaterra y Francia en un partido muy sucio, con continuas trifulcas entre los jugadores, jugando al límite del reglamento, y que acabó con victoria de los ingleses por 19 a 10, en el que fue el último partido con la camiseta de Francia de Serge Blanco -uno de los mejores jugadores de toda la historia del rugby- tras 93 partidos como internacional, récord de la selección francesa en esa época.

En las semifinales se enfrentaron entre sí los países vecinos: Inglaterra contra Escocia y Australia contra Nueva Zelanda. La semifinal entre los países del Hemisferio Norte, disputada en el estadio Murrayfield de Edimburgo, no pudo ser más igualada, rememorando la gran contienda que ambos equipos ofrecieron en el V Naciones del año anterior (ver Oh! Flor de Escocia). El duelo estuvo protagonizado por los chutadores, Gavin Hastings por Escocia y Jonathan Webb por Inglaterra, los dos zagueros, que igualaron a dos en número de golpes de castigo transformados, aunque los ingleses consiguieron 3 puntos más gracias a un drop de Rob Andrew. En el último minuto Hastings tuvo opción de patear a palos, pero su chut salió desviado, y así Inglaterra se impuso por un ajustadísimo 9 a 6 y se ganó un puesto de honor para la gran final.

En la otra semifinal se veían las caras Australia y Nueva Zelanda, los dos colosos del sur frente a frente, en lo que se presumía una final anticipada. Los neozelandeses partían como favoritos, no sólo por ser los campeones actuales, sino también porque contaban con los mejores jugadores del mundo y porque llevaban 5 años consecutivos imponiéndose a los australianos en la Bledisloe Cup. Pero Australia no se amilanó ante esta situación y realizó uno de sus mejores partidos en años, con una dura defensa que impidió en todo momento que los All Blacks se pudiesen ni tan siquiera aproximar a su zona de ensayo. Este factor, unido a dos geniales acciones realizadas por su jugador estrella, David Campese, que le permitieron ensayar en una ocasión gracias a su magnífico paso del ganso y dar otro ensayo a su compañero Tim Horan tras fijar a tres rivales e inventarse un pase “a la remanguillé” sinónimo de magia rugbística. A estos dos ensayos se les unieron tres patadas entre palos fruto del maravilloso pie de Lygnah, mientras que Nueva Zelanda sólo logró convertir dos golpes de castigo a través de su apertura Grand Fox, convirtiéndose así en el primer partido de la historia de la Copa del Mundo de Rugby en la que los All Blacks no consiguieron anotar ni un solo ensayo. El resultado final, 16-6 para los australianos, no dejaba lugar a dudas sobre quién merecía pasar a la gran final.

De esta manera, llegaban al último partido los dos equipos más efectivos del campeonato: Inglaterra, con un juego basado en una potente delantera comandada por su primera línea Jason Leonard; y Australia, que había demostrado ser el equipo con mayor solidez defensiva del campeonato y que confiaba su ataque al talento de su línea de tres cuartos.

Twickenham se vistió de gala para el gran acontecimiento: la segunda gran final del rugby mundial llegaba a “El Templo”, el centro del mundo rugbístico totalmente remodelado para la ocasión. Inglaterra jugaba otra vez “en casa” tras tener que afrontar tanto cuartos como semifinales en la capital de sus rivales (Francia en París y Escocia en Edimburgo, respectivamente), pero esta particularidad, en vez de ser un factor a favor, se volvió en su contra al hacer que la presión aumentase sobre el equipo inglés para la gran final.

Esta presión hizo mella en el entrenador y en el estilo de juego del XV de la Rosa, que sacrificó su potente juego de delantera para jugar de tú a tú contra los australianos con un estilo de rugby abierto y a la mano, parejo al desarrollado hasta el momento por el equipo del hemisferio sur. Para ello contaba con una línea de lujo, artífice de la victoria y del Grand Slam en el V Naciones de ese año, éxito que repetirían consecutivamente los dos años siguientes: el pie de Rob Andrew, la inteligencia de Will Carling, el desborde de Jeremy Guscott y la velocidad de Rory Underwood.

Pero Australia no se quedaba corta: el gran capitán -Nick Farr Jones- comandando desde el medio melé; su apertura, Michael Lygnah, en estado de gracia en los chutes a palos; una pareja de centros potentísima formada por dos de los mejores jugadores australianos de todos los tiempos en ese puesto, Jason Little y Tim Horan; y por supuesto, la gran estrella del momento, David Campese, que con su velocidad endiablada y sus imposibles cambios de ritmo se convirtió en el mejor jugador de esta Copa del Mundo y en el máximo anotador de ensayos.

Ya en el partido, poco a poco el duelo de líneas se fue decantando para los Wallabies inexorablemente: primero por medio de un golpe de castigo pasado por Lygnah en el minuto 27 casi desde el medio del campo, escorado a su derecha, seguido 4 minutos más tarde por un ensayo de empuje tras saque de touche a 5 metros, al hacer avanzar la delantera australiana un maul hasta la zona de ensayo, culminado por el primera línea Tony Daly.

Inglaterra, por su parte, no pudo abrir su marcador hasta el minuto 20 de la segunda parte, cuando su zaguero Jonathan Webb consiguió al fin pasar un golpe entre palos, tras errar dos ocasiones anteriores. Pero Lygnah contestó con la misma moneda, y consiguió convertir un golpe de castigo unos minutos después. Ya al final del partido, la línea inglesa consigue hilvanar una buena jugada a la mano, pero el último pase, que debía llegar a Rory Underwood, es interceptado por Campese, aunque el balón se le cae de las manos. El árbitro interpreta que la acción de bloquear el pase por parte del australiano fue intencionada, así que otorga golpe de castigo a los ingleses como premio menor, y esta vez Webb no falla, poniendo el marcador en 6 a 16, marcador que a la postre sería el definitivo, cuando tras los 80 minutos reglamentarios el árbitro señala el final del partido.

De esta manera Australia se alzaba justamente con el título de campeón del mundo, y su capitán Nick Farr-Jones fue el encargado de recibir la Copa Web Ellis de manos de la reina Isabel II. El justo vencedor, el equipo más talentoso en ataque y el más sólido en defensa, permitiendo únicamente recibir 55 puntos en contra en todo el torneo. El nuevo rey del rugby mundial para los próximos cuatro años había sido elegido, y la idea de una Copa del Mundo de Rugby se había consolidado.

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Celso P. Graña