God Save Croke Park

croke park bloody sundayArtículo con banda sonora, os invitamos a escuchar la música mientras leéis el artículo.

La verde Irlanda llevaba dos largos años sumida en una cruenta guerra de guerrillas, y en los últimos meses, los dirigentes del Ejército Republicano Irlandés habían intensificado su ofensiva contra el Ejército Británico y sus cuerpos paramilitares.

Corría el 21 de noviembre de 1920 cuando el ministro irlandés de Finanzas y cabeza de la Hermandad Republicana Irlandesa, Michael Collins, ordenó el asesinato de todos los miembros del The Cairo Gang, dieciocho altos cargos del Servicio de Inteligencia Británica enviados para infiltrarse y subvertir a organizaciones nacionalistas irlandesas.

Aunque los asesinatos causaron un gran revuelo y encendieron la rabia de las formaciones probritánicas, la vida cotidiana seguía su curso entre el hastío y la indiferencia de la población aquel domingo otoñal. Los dublineses no cambiaron su rutina dominical, y tras la misa matinal, por la tarde se congregaron casi 10.000 personas en Croke Park -el estadio más grande del país y sede de la Asociación Atlética Gaélica (GAA)- para ver el partido de fútbol gaélico entre los equipos de Dublín y Tipperary, rituales ambos estrechamente ligados a su cultura, sus tradiciones, e identificativos de su comunidad.

Cuando sólo habían transcurrido unos minutos del encuentro, un grupo de paramilitares y policías irrumpió en el estadio y comenzó a disparar indiscriminadamente contra los espectadores como represalia por los asesinatos de la madrugada, provocando el pánico entre el público y la huída masiva de la gente. Algunos de los policías que permanecían fuera del campo dispararon también contra la multitud que trataba de huir, prolongando el tiroteo durante minuto y medio.

Esta matanza se conoce desde entonces como el Domingo Sangriento (Bloody Sunday). Aquella tarde, las balas de las fuerzas británicas dejaron como resultado catorce civiles muertos y cerca de setenta heridos. Entre los muertos, tres niños de 10, 11 y 14 años; la joven Jeannie Boyle, que se iba a casar sólo cinco días después; y Michael Hogan, uno de los jugadores del partido.

Este acontecimiento fue el principio del fin del Imperio Británico en Irlanda, dañando su credibilidad en la esfera internacional y levantando la antipatía de todos los irlandeses. Desde aquel momento, Croke Park se convertiría en símbolo identitario del país y templo de los deportes irlandeses (el fútbol gaélico y el hurling), la grada Oeste pasaría a denominarse Hogan Stand y la participación de equipos ingleses en este estadio fue vetada para siempre.

La independencia de Irlanda llegó al año siguiente, los años pasaron, Croke Park se convirtió en el santuario del nacionalismo irlandés y en el símbolo de la aversión hacia los vecinos ingleses, las relaciones entre los dos países pasaron por altibajos, la llama del odio entre los dos pueblos se mantuvo viva con el conflicto del Ulster (en enero de 1972 se produjo un Segundo Domingo Sangriento con la matanza de 14 manifestantes pacíficos en Derry) y los duelos anuales entre los equipos de Irlanda e Inglaterra en el Torneo de las Naciones de rugby tenían una carga emocional que transcendía el mero acontecimiento deportivo.

Cuando estos partidos se jugaban en Irlanda, en los años impares, las calles que llevaban al estadio de Lansdowne Road se convertían en un hervidero de gente, los Pubs cercanos se abarrotaban en las horas previas y postreras, y el viejo estadio de madera recuperaba su ambiente de magia centenaria para ofrecer auténticas batallas sobre el terreno de juego.

Y así fue durante décadas hasta que llegó el de 2007. El partido de aquel año iba a ser muy diferente, empezando porque por primera vez en más de un siglo, el escenario no iba a ser Lansdowne Road: las autoridades juzgaron que para el nuevo milenio se necesitaba un estadio moderno, así que derrumbaron el viejo estadio y en su lugar se empezó a construir uno nuevo. Mientras tanto había que buscar una alternativa, y se decidió que durante las obras, los partidos de rugby se jugasen en Croke Park, el otro estadio de la ciudad.

La decisión trajo consigo la polémica: en el 6 Naciones de ese año, el equipo de Inglaterra pisaría la “tierra sagrada” de Croke Park. Y lo que era peor, el himno inglés “God Save de Queen” sería interpretado por la banda del Ejército Irlandés en el mismo lugar donde las fuerzas de seguridad británicas habían perpetrado una masacre aún recordada.

Ante esta situación, en los días previos al partido el rugby pasó a un segundo plano en detrimento de multitudinarias protestas de irlandeses, que veían un insulto a su cultura y a sus muertos la interpretación del himno en Croke Park. La duda empezó a plantearse en los medios de comunicación: en un deporte basado en el respeto como el rugby, ¿cómo reaccionaría el público irlandés cuando en su templo empezase a entonarse “God save our gracious Queen…”?

Los jugadores eran conscientes de la cita con la historia que tenían aquel 24 de febrero: el día anterior, el antiguo internacional irlandés Connor O’Shea dio una charla al equipo inglés sobre la importancia histórica de la ocasión. El día del partido, todos los jugadores salieron al campo con gesto solemne, expectantes por lo que pudiese suceder, mientras que los 82.300 espectadores comenzaban a caldear el ambiente aplaudiendo su entrada. ¿Qué más harían en los próximos minutos?, ¿silbarían el himno?, ¿provocarían altercados?, ¿se ensuciaría, en definitiva, el buen nombre del rugby por temas ajenos a él?

El momento había llegado. Los jugadores de ambos equipos se pusieron en línea, la banda empezó a tocar las primeras notas del himno británico y el público y los jugadores ingleses comenzaron a cantarlo al unísono. Por encima de estos cánticos no se escuchaba nada, ni un silbido. El público irlandés permaneció en completo silencio durante toda la interpretación, y al acabar comenzó a aplaudir. Un sonoro aplauso de todo el estadio, sin fisuras, la mejor manera de mostrar que las heridas del pasado no se curan con odio, sino con respeto, y que ésta precisamente es la seña de identidad del rugby.

Entonces llegó el momento de los himnos irlandeses, el momento de homenajear a los suyos, y para ello aquel día se interpretarían los dos himnos de la isla: el himno de la República de Irlanda -el Amhrán Na bhFiann (La canción del soldado)- y el Ireland’s Call (La llamada de Irlanda), himno de la federación irlandesa que representa a los jugadores de toda la isla, incluyendo también a los norirlandeses (en la selección irlandesa de rugby también juegan los habitantes del Ulster, de nacionalidad británica).

El primer himno empezó y el estadio entero se puso a cantar a pleno pulmón. Los jugadores lo cantaban con semblante serio pero con orgullo, sintiendo cada palabra. Sólo los norirlandeses Trimble y Best no lo cantaban, pero lo escuchaban con gesto solemne por respeto a sus compañeros. Peter Stringer acaba el himno con los ojos cerrados, interiorizando sus emociones, y John Haves muestra sus primeras lágrimas. El público ruje y la cámara enfoca a la Primera Ministra de la República de Irlanda y al Secretario de Estado del Ulster, que aplauden los dos.

Y entonces se escuchan las primeras notas del Ireland’s Call. El estadio enmudece y los jugadores irlandeses bajan la cabeza. El público empieza a entonar la canción mientras la cámara repasa las caras de los jugadores, uno por uno.

Shane Horgan canta con entereza, Flannery cierra los ojos y tiembla ligeramente, mientras que a su lado Trimble parece ausente. La cámara cambia el plano al público para captar la emoción, pero vuelve a los jugadores justo cuando suena la primera llamada: John Haves, entre lágrimas, vocea “Ireland, Ireland, together standing tall”, seguido a su lado por un O’Driscoll que tiene la mirada perdida, y ampliándose a continuación el plano para volver a captar a Haves, roto por la emoción, entonando “Shoulder to shoulder, we’ll answer Ireland’s call”. La cámara pasa por más jugadores cantando, por O’Gara y O’Callaghan ausentes, y justo en la segunda llamada, en el punto álgido del crescendo, se para en el pequeño Stringer, atrapado entre dos torres humanas, que entona el estribillo con los ojos cerrados y la cabeza erguida hacia el cielo.

El himno acaba entre abrazos de los jugadores, todos con los ojos vidriosos, mientras el público enfervorizado aplaude y corea a los suyos, conscientes todos ellos de que acababan de cerrar un capítulo negro de la historia de la mejor manera posible. Enseñando, en definitiva, que los valores del rugby contribuyen a hacer un mundo mejor, y que la mejor arma para combatir la violencia y el odio es el respeto.

En el siguiente vídeo podéis ver el momento de los himnos:

¿Y el partido? El partido podría ser lo menos importante después de la gran lección del preludio. Pero no. Fue su apoteosis, su mejor epílogo, la culminación para aquel día que entraría en los libros de historia no sólo por un silencio, sino también por la mayor victoria de la historia de Irlanda sobre Inglaterra. La pasión despertada en el momento de los himnos se trasladó al campo durante cada uno de los 80 minutos que duró el partido, y en cada placaje, cada melé, cada ruck y cada carrera, la marea verde mostró una pasión pocas veces vista en un terreno de juego.

El XV del Trébol parecía una apisonadora: su delantera se imponía en todos los agrupamientos, su línea de Tres Cuartos cortaba la línea rival como si fuese mantequilla y el pie de Ronan O’Gara estuvo sublime durante todo el partido; mientras que los ingleses, que ostentaban el título de campeones del mundo, se veían desbordados en todos los lances de juego.

El resultado final -43 a 13- no sólo significaba la victoria más amplia del equipo irlandés sobre su máximo rival; también se convirtió en la derrota más abultada de la historia del equipo inglés. Los propios jugadores irlandeses aportaron el último detalle a ese día cuando, al pitar el árbitro el final del partido, saludaron a sus oponentes y les ofrecieron un pasillo de honor antes de celebrar su histórica victoria, gesto amplificado con el sonoro y prolongado aplauso que todo Croke Park brindó a los jugadores ingleses. De esta manera, 87 años después, las heridas abiertas aquel domingo de noviembre empezaron a cicatrizarse; y los aplausos, la admiración y el respeto consiguieron acallar para siempre el eco de las balas que durante tanto tiempo había retumbado en las gradas de Croke Park.

Ver partido Irlanda – Inglaterra 2007

ireland-england-2007

Celso Pérez Graña