Francia – All Blacks en todo su esplendor: la batalla de Nantes

rugby-francia-all-blacks-1986Aquel partido de Toulouse dejó a todo el equipo tocado. Cuatro días después, jugadores y cuerpo técnico iban llegando al hotel de concentración del equipo francés, en las afueras de Nantes, con la cabeza gacha. Corría el mes de noviembre de 1986, el XV francés hacía frente a la gira de uno de los mejores combinados All Black de la historia, y habían salido del primer enfrentamiento con una derrota vergonzosa, en la que el equipo del Gallo había estado desfigurado, ramplón, sin enseñar la verdadera esencia de su juego, ese juego a la mano y vistoso que tanto lo caracterizaba y que no se pudo ni intuir contra los neozelandeses.

Con vistas al segundo Test de la gira, el entrenador francés Jacques Fouroux -aquel pequeño cabo que como jugador había conseguido una de las mayores gestas del XV de Francia (ver La bande à Fouroux)- había convocado a sus jugadores tres días antes del partido para vengar la afrenta de Toulouse. Estaba irritado, furioso, colérico, y ningún jugador osaba mantenerle la mirada mientras iban llegando al hotel de concentración. Fouroux era un experto en la teatralización desde sus años como medio melé y capitán del XV galo, en trabajar la parte anímica hasta el extremo para conseguir motivar a sus jugadores y realizar una auténtica revolución en sus mentes, y aquel día comenzaba otra de sus grandes actuaciones.

La sesión del miércoles, tras la llegada de los jugadores, empezó con la proyección del primer partido de la gira. Una vez, dos veces, tres, y así hasta diez. La primera para realizar un análisis técnico del partido, la segunda para fijarse en los detalles, y a partir de la tercera para identificar los errores individuales, haciendo temblar a cada uno de los protagonistas que iban apareciendo en pantalla. El clímax del momento ocurrió cuando, tras un choque entre las líneas, Philippe Sella –estrella de aquel equipo- se acerca al apertura neozelandés Frano Botica y le tiende la mano para ayudarle a levantarse del suelo. Fouroux salta de su asiento, encolerizado, para la proyección y grita con todas sus fuerzas “¡Esto nunca más!”. Los jugadores estaban petrificados, conteniendo la respiración. Tras esa sesión no hacía falta decir nada más, el mensaje les había quedado claro a todos los integrantes del equipo, y por su propio bien, no debía volver a repetirse.

Pero aquello no había hecho más que empezar, y tras la sesión de vídeo Fouroux no levantó el pie del acelerador, sometiendo a sus jugadores a dos sesiones de entrenamiento durísimas. El objetivo final, ganar a Nueva Zelanda, pasaba por crear una maquinaria de guerra tan potente que pudiese imponerse en todas las facetas del juego, y el entrenador quería crear el ambiente perfecto para que así se diese: hotel de concentración cerrado a prensa y a público, entrenamientos agotadores, llamadas telefónicas prohibidas, desayunos a horas intempestivas, de los que quedaban excluidos los que llegaban tarde, vino prohibido en las comidas, y un largo etcétera. El ritmo era tan duro que el manager del equipo, Henri Fourès, tuvo que avisar a Fouroux el jueves, dándole un toque de atención: “Si continúas así, no es necesario esperar a jugar el sábado, los chicos estarán reventados…”.

En esta puesta en escena Fouroux no sólo fue severo, también fue injusto; pero sabía muy bien lo que se hacía: fustigando a los jugadores en su amor propio y pidiéndoles que se preparasen para la guerra, estaba convencido de que conseguiría sacar de cada uno su mayor potencial.

Y así continuó, machacando a sus jugadores hasta la extenuación durante los días siguientes, y como colofón final, el día del partido no entró al vestuario a darles los últimos ánimos a los suyos, dejándolos solos ante su destino. Eso sí, antes de saltar al campo les dio la última consigna: “Haced frente a los neozelandeses en la Haka previa al partido. Desafiadlos con la mirada, mostraos orgullosos e implacables”. Y así lo hicieron, y saltaron al campo ultramotivados, conjurados para no repetir una actuación como la de Toulouse, y ofrecieron en los 80 minutos siguientes un espectáculo como pocas veces se había visto en un terreno de juego, haciendo que aquel partido pasase a la posteridad como uno de los más duros de la historia del rugby.

El lugar, el estadio de la Beaujoire de Nantes. El rival, uno de los mejores equipos All Blacks de la historia, comandado por Ian Fitzpatrick, Wayne Shelford, David Kirk y John Kirwan. Y el equipo francés, aquel equipo que en los años siguientes conseguiría desempolvar otra vez la botella de champagne para realizar el juego más estético nunca antes visto en un terreno de juego, presentaba aquel día su equipo de gala, comandado en los tres cuartos por Serge Blanco, Philippe Sella y Denis Charvet, guiado en la bisagra por Pierre Berbizier y Franck Mesnel, y con una de las mejores delanteras de su historia, donde destacaban nombres como Daniel Dubroca, Laurent Rodriguez, Eric Champ, Pascal Ondarts, Jean Condom o Jean-Pierre Garuet.

Desde el principio, el partido fue muy trabado, tosco, con un juego protagonizado por las delanteras, donde la francesa se imponía una y otra vez a la neozelandesa, impotente ante la apisonadora gala. Fruto de esa superioridad, los All Blacks concedieron un número indecoroso de penalidades a los pateadores franceses, pero el partido no estaba para que se recordara por los chuts a palos: Bérot falló 3 golpes, Mesnel 2 golpes y un drop y Blanco otros 2 drops. Era un partido para la épica y el juego duro, y en él no cabían atajos.

Pierre Berbizier se dispone a abrir un balón de un ruck ganado por su delantera, ante la atenta mirada de Wayne Shelford y Jock Hobbs

Pierre Berbizier se dispone a abrir un balón de un ruck ganado por su delantera, ante la atenta mirada de Wayne Shelford y Jock Hobbs

Esta dureza queda de manifiesto en el minuto 20 de partido, donde en un choque con un delantero francés, “Buck” Shelford pierde cuatro dientes, y unos minutos después sufre un pisotón en un ruck por parte de Pascal Ondarts que le abre la bolsa escrotal. Pero el rugby es un deporte para gente dura, y Shelford se levantó y siguió jugando, siguiendo la tradición de otros jugadores de su país como el mítico Colin Meads, que jugó un partido con un brazo roto, colgado en una posición antinatural. En el descanso, el que sería el capitán imbatido de los All Blacks entre 1987 y 1990, fue atendido por el equipo médico, que le cosió en el propio campo y que le permitió seguir jugando hasta el minuto 58, en el que fue sustituido al sufrir en un nuevo choque una conmoción cerebral.

El partido se convirtió pues en un combate feroz, sin cuartel, donde los neozelandeses no conseguían respirar ante la asfixiante presión de la delantera francesa, y donde ambos conjuntos luchaban con una dureza física pocas veces vista anteriormente. El dominio francés no se concretizaba en el marcador por culpa de los errores continuados en los chuts a palos, pero la impotencia neozelandesa era minuto a minuto cada vez más tangible, incapaces de hacer frente a la marea bleu y mostrando una imagen de inferioridad que pocas veces se ha visto en los todopoderosos All Blacks.

En el minuto 19, Bérot abre el marcador gracias a la conversión de un golpe de castigo, pero que es contrarrestado por el acierto de Crowley transformando un golpe en el minuto 25. El marcador de 3-3 no se movería más durante la siguiente media hora, hasta que en el minuto 58 la línea francesa muestra toda su genialidad y aprovechándose de una imprecisión en un pase neozelandés consigue el ansiado ensayo de la mano de Denis Charvet, que con la posterior conversión de Bérot situaba el marcador en 9-3 para los locales.

El partido continua con muchas imprecisiones por parte de los dos equipos, que dan lugar a un sinfín de melés y a apoyarse ambos contendientes en un juego resultadista, buscando avanzar metros gracias a patadas a seguir en vez de arriesgar jugando el balón a la mano. La excepción torna mediada la segunda parte: en una de las pocas ocasiones en la que la línea francesa vuelve a disponer de un balón para poder jugar a la mano, el ala francés Eric Bonneval se queda a las puertas del ensayo, aunque Bérot aprovecha el ataque para convertir un nuevo golpe, distanciando a su equipo en el marcador: 12-3.

El juego continúa con la dinámica del resto del partido, acrecentándose más si cabe el poderío de la delantera francesa sobre la neozelandesa. Tanto es así, que ya con el tiempo cumplido, el pack francés consigue el tan ansiado fruto gracias a un ensayo de empuje y fuerza, anotado por el segunda línea Alain Lorieux, y situando así el marcador en el definitivo 16-3.

Victoria trabajada de los franceses, que se cobraban así la revancha del primer encuentro; y derrota vergonzosa para los neozelandeses, heridos en su orgullo y en su juego. En un partido que se recordaría a partir de entonces no sólo por ser la quinta victoria de la historia del equipo francés contra los All Blacks, sino también por su juego duro, y que por ello pasó a la historia bajo el nombre de La Batalla de Nantes.

La delantera francesa celebra la victoria tras el partido. De izquierda a derecha: Alain Lorieux, Pascal Ondarts, Laurent Rodriguez y Jean-Pierre Garuet

La delantera francesa celebra la victoria tras el partido. De izquierda a derecha: Alain Lorieux, Pascal Ondarts, Laurent Rodriguez y Jean-Pierre Garuet

Con este partido Fouroux dejó de ser el Petit Caporal para convertirse en el Grand General y el equipo francés reafirmó a una generación de oro que se venía intuyendo, que recuperaría la esencia del Rugby Champagne bajo el nombre de French Flair y que conseguiría sus máximos logros el año siguiente en el V Naciones y en la primera Copa del Mundo.

Precisamente, en la final de esa Copa del Mundo se volvieron a encontrar los protagonistas de esta historia, los unos con la revancha cobrada y los otros con sed de venganza, y una vez más nos volvieron a ofrecer un espectáculo maravilloso, con un nivel de rugby fuera de lo común, tradición que hasta hoy en día se mantiene cada vez que se enfrentan los equipos de Nueva Zelanda y Francia.

Celso P. Graña

 Los protagonistas de la victoria (de izda. a drcha.). Arriba: Ondarts, Garuet, Sella, Lorieux, Rodriguez, Condom y Erbani. Abajo: Mesnel, Charvet, Dubroca, Champ, Blanco, Berbizier, Bérot y Bonneval.


Los protagonistas de la victoria (de izda. a drcha.). Arriba: Ondarts, Garuet, Sella, Lorieux, Rodriguez, Condom y Erbani. Abajo: Mesnel, Charvet, Dubroca, Champ, Blanco, Berbizier, Bérot y Bonneval.