El rugby enseña y educa

Aunque no sea uno de los temas que más espacio ocupa en las parrillas de programación, para mí sí es uno de los más sangrantes. El bajo nivel académico de nuestro país que va camino de hacerse paupérrimo, así como la vergüenza que suponen las sucesivas desastrosas reformas que cada pandilla de gobernantes nos van regalando hacen de este tema una bomba fétida.

Hoy, aprovechando el 75 aniversario del Complutense Cisneros, club ligado a un colegio mayor universitario, quiero destacar de todo ese despropósito la devaluación preocupante de nuestras universidades. De ser lugares de referencia en el saber y elementos claves en el proceso de crecimiento y discernimiento personal de cada uno, se han convertido en lugares de consumo de conocimientos, fábrica de futuras marionetas para el mercado laboral y máquinas expendedoras de títulos.

Es bueno recordar que esto no fue siempre así. Hubo un tiempo en el que este país se preocupaba por su educación. Y no sé si es casualidad o causalidad, el rugby estaba presente en muchas entidades educativas. Y puedo jugarme un brazo y parte del otro que no fue cosa del azar. Se apostaba por esta disciplina deportiva con pleno convencimiento de que se trataba de un complemento ideal para mejorar el currículo de las personas: ese que a veces no se valora tanto y que es el de ser buena gente. En los países anglosajones rara es la universidad o el seminario que no tiene, en sus instalaciones un campo de rugby y en su material inventariable, un saco de balones ovales. Y de nuevo es necesario recalcar que no fue la Diosa Fortuna la que puso allí ese balón tan raro, sino que son personas de carne y hueso, que creen, con pleno convencimiento que el mejor complemento al trabajo del aula, es trabajar el avance, la solidaridad, el placaje, el sacrificio y la humildad. Es decir, jugar al rugby.

Fotografía del Levante-EMV

Ojalá la próxima reforma educativa contemple la construcción de un campo de rugby (no exigiremos que sea de césped natural) y que el presupuesto de cada centro se comparta entre pizarras digitales y balones de rugby.

¿Caerá esa breva? Si no, ya estará nuestro programa para recordarlo en mucho menos tiempo que el que pasa de brevas a higos.

 

El Cid Ovalador