Decálogo del aficionado al rugby

aficion-rugbySILENCIO, A PALOS.

La ilusión ha de estar siempre presente en nuestras vidas. No es algo condicionado a la edad, ni mucho menos. Se trata simplemente de querer vivir y sentirse vivo. De disfrutar de las cosas dándole la importancia y seriedad que merecen. Cuando nos apasionamos por algo, automáticamente nos convertimos en estudiosos de su filosofía, guardianes de su riqueza y defensores de su esencia.

Esto es lo que ocurre con el rugby, el deporte con mayúsculas que quizás tiene al enemigo en casa (véase las últimas propuestas de World Rugby) y que pienso que puede y debe aportar mucho a este desaguisado en el que nos movemos. Aportación que comienza en los linces y termina en los veteranos.
Hablamos por tanto de una responsabilidad que comparten, a partes iguales, en calidad y cantidad clubes y afición. Esa comunidad que religiosamente acude cada fin de semana a los campos, no para ser meros espectadores consumidores de un producto más, sino como elementos importantes e imprescindibles de la noble batalla oval. ¿Qué implica esto?
Implica dar importancia al previo del partido. No debemos acudir por inercia ni con la mente en blanco. Es necesario salir de casa con todo bien preparado: el carné o la entrada en el bolsillo; los hielos, las cervezas o los licores generosos en la nevera; y las más diversas y deliciosas viandas en la mochila. Pero nada de eso tiene sentido si no preparamos también el espíritu. Si no dejamos que camino al campo los valores ovales se coloquen en primera fila. Si no conseguimos disfrutar de los últimos minutos del calentamiento sintiendo ese nerviosismo, ese hormigueo interior de estar ante algo que realmente merece la pena.

Implica dar importancia al desarrollo del juego. Conseguir durante el partido vencer la tentación de convertir los distintos lances o al árbitro en un insaciable vomitorio de nuestras tensiones. Conseguir mantener en todo momento el sentido crítico y la ecuanimidad, sin interferencias de colores y resultados. Ser de principio a fin una grada distinta y ejemplar.

Y finalmente implica peregrinar al tercer tiempo, con la satisfacción de lo vivido para ser parte de un compartir sano, en el que tanta importancia tienen la palabra como los placeres más veniales.
Acudir a un partido de rugby no es cosa baladí. Ser aficionado del oval es un privilegio y una responsabilidad. ¿Aceptamos el reto? ¡Quién dijo miedo!

Sueño que la melé, la de verdad, es declarada Bien de Interés Cultural y Patrimonio de la Humanidad.
Padres de familia: si nuestros hijos ven que tenemos ilusiones, ellos también serán gente ilusionada. Si ven que somos apasionados, vivirán la vida con pasión.

– Silencio, por favor.
– ¿Acaso estamos en un funeral?
– No, gracias a Dios. Pero estamos en algo que merece el mismo respeto.
– ¿Y qué es esto tan importante?
– Una patada a palos.

EL CID OVALADOR.