Cuando Jonny cogió su fusil

jony-wilkinsonAcabada la temporada en el Hemisferio Norte, es hora de hacer balance, de leer resúmenes, de ver vídeos o de elogiar equipos, formas de juego o tendencias del rugby actual; pero no querría detenerme en comentar el triunfo del estilo “Galáctico” con la victoria de Toulon en la Heineken Cup, ni explicar los nuevos cambios en la melé, ni hablar de la gira de los Lions ni felicitar a Castres por su sorprendente victoria en el Top 14 francés, aunque bien merecerían un buen artículo todos ellos.

Siguiendo la línea de mis relatos anteriores, me gustaría seguir contando historias rugbísticas hablando de un jugador que es historia viva, que personaliza el rugby de los últimos 15 años y que este año ha continuado haciendo historia, agrandando su mito más si cabe. En artículos anteriores ya habréis podido intuir mi predilección por el rugby francés (ver cuando el rugby se hizo arte), pero como amante de este deporte mi máxima admiración y respeto se la doy al que considero el jugador de rugby más completo de todos los tiempos, modelo a imitar por todos los que practicamos este deporte y máximo ejemplo de superación, trabajo, constancia, respeto y, sobre todo, humildad. Permítanme que levante mi sombrero y me incline para hablar de Sir Jonny Wilkinson.

Con 34 años recién cumplidos el pasado 25 de mayo, después de haber jugado 16 años en la élite del rugby mundial, después de haber sufrido numerosas lesiones (en rodilla, ligamentos, brazo, hombro y riñón), después de haber sido apartado de su selección en tres ocasiones diferentes (y ser, de largo, su máximo anotador) y después de que la prensa y sus detractores lo hayan dado por acabado en incontables ocasiones, Wilko (su nombre de guerra) acaba de llevar a su equipo -el RC Toulon- a proclamarse campeón de la Heineken Cup (la Copa de Europa de Rugby), torneo del que ha sido nombrado mejor jugador, además de máximo anotador, y en el que no ha fallado ningún intento de pateo a palos en las últimas tres eliminatorias.

De esta temporada queda para el recuerdo un lance de juego a modo de justicia poética: en las semifinales contra Sarracens, en la recta final del partido Toulon ganaba de 6 puntos y Sarracens apretaba para conseguir el ensayo que les diese la victoria. A falta de 7 minutos para el final, el equipo francés se hace con el balón en una melé a 40 metros de la línea de marca contraria. Después de dos fases de percusión contra la defensa inglesa, el medio melé galo amaga un nuevo pase a su centro, pero rectifica en el último momento y pasa el balón a Wilkinson en su posición de 10 un poco atrasado. Wilko levanta la cabeza nada más recibir el balón y se encuentra a Owen Farrell casi encima de él, su apertura homólogo en el equipo inglés.

Farrell es el actual medio apertura de la selección inglesa, joven promesa, diana de elogios de los aficionados de su país y portada habitual en la prensa especializada. El choque inminente simboliza la pelea entre el joven león, que quiere hacerse con el puesto de rey de la manada, y el viejo jefe, que sigue aguantando en su puesto ante la incredulidad de muchos, y del que sólo se espera ese partido en que le den la puntilla. Pues bien, Farrell ruge y saca su zarpa, amenazante y vigorosa, pero Wilkinson da un paso a un lado lo justo para hacerse un pequeño hueco, por el que consigue pasar una patada a botepronto justo mientras Farrell le placa. Una vez en el suelo, los dos levantan la cabeza al unísono para observar como el balón sigue una trayectoria perfecta que se cuela entre los palos. El viejo león sigue siendo el rey de la sabana rugbística. Farrell baja la cabeza, y Wilko le da unos golpecitos en la espalda para consolarlo, mientras el comentarista de la televisión inglesa sentencia: “Wilkinson, still the master!!!”

Creo que a todo amante del rugby que estuviese viendo el partido en directo se le habrá escapado una lagrimita al ver esa jugada, y esbozando una sonrisa cómplice habrá pensado “El viejo león…”, e inmediatamente se le habrán venido a la cabeza aquellos 100 segundos; los 100 segundos más recordados de la historia del rugby.

El hecho de recordar 100 segundos concretos no es usual en este deporte: en el rugby prima el esfuerzo, ya que sólo fruto de él vienen los resultados, y ese esfuerzo debe ser continuo durante los 80 minutos para conseguir la victoria. Por eso recordamos partidos, campeonatos o temporadas en su conjunto y no jugadas, hasta aquel 22 de noviembre de 2003…

Ese día se disputaba en Australia el último partido de la quinta Copa del Mundo de Rugby. Los anfitriones, campeones de la anterior edición, se habían clasificado para la final imponiendo su juego en todos los partidos. En las semifinales habían derrotado a la poderosa Nueva Zelanda (para el recuerdo queda la frase que el capitán australiano, George Gregan, dirigió a sus rivales al acabar el partido: “Four more years, boys, four more years!”) y partían como favoritos ante un equipo inglés que había conseguido colarse en su primera final realizando un muy buen juego durante todo el campeonato.

El partido fue muy duro desde el principio, con los dos equipos aprovechando cada golpe de castigo para intentar hacer puntos, conscientes de que el mínimo error los privaría de la gloria. Inglaterra se va imponiendo desde el principio del encuentro en la dinámica del juego, pero Australia replica una y otra vez: cada vez que los ingleses lograban ponerse por delante, los australianos respondían con la misma moneda, igualando el marcador. Como no podía ser de otra manera, el partido acaba en empate, y en la prórroga sigue la misma tónica: a falta de 3 minutos para el final del partido Inglaterra ganaba por 17-14, pero Elton Flatley consigue convertir un golpe de castigo para Australia que devolvía la igualdad al marcador.

El golpe ha sido duro para el equipo inglés. La cara de sus jugadores sólo refleja rabia; más que contra el rival, contra sí mismos por haberse dejado empatar por enésima vez. Es en ese momento cuando el medio melé Matt Dawson asume su parte de protagonismo, se gira hacia Wilkinson y le dice: “Dime dónde la quieres, Jonny”. Todos lo miran. A partir de entonces cada miembro del equipo sabía lo que tenía que hacer, cuál era su función en aquel complicado mecanismo de relojería para que su número 10 tuviese una oportunidad de patear a palos y conseguir los 3 puntos que les harían campeones del mundo.

Al llegar al medio del campo, Wilkinson coge el balón y se prepara para patearlo hacia la delantera rival. El cronómetro del marcador está situado en el minuto 18:20 de la prórroga: sólo 100 segundos para el final del partido, para el olvido o para la gloria.

100 seg. Wilko patea largo. George Smith recepciona el balón sin dificultad, la delantera aguanta la envestida inglesa, y Gregan abre el balón a su zaguero. La línea inglesa presiona al 15 australiano, que se ve obligado a patear alejando el peligro y encontrando la touche a tan sólo 30 metros de su zona de marca. Inglaterra recupera la posesión del balón en campo contrario.

80 seg. Thompson coge el balón y se prepara para sacar. Inglaterra llevaba todo el partido con problemas en la touche, repitiendo saques al final de la formación, así que los australianos se esperaban un balón rápido al primer hombre para asegurar la posesión. Los comentaristas de la BBC exclaman con voz nerviosa: “¡esta es la touch más importante en la historia del rugby inglés!”. ¡Y Thompson insiste!: manda el balón al final de la touche al mismo tiempo que Moody es levantado por sus compañeros, permitiéndole palmear el balón hacia su medio melé. Dawson recibe un balón limpio que juega rápidamente para Wilkinson.

62 seg. Wilko pasa inmediatamente el balón a Mike Catt, que había reemplazado en el minuto 79 a Mike Tindall. Catt entra con fuerza y es placado por Larkham y Flatley, pero su delantera limpia el ruck y mantiene la posesión. En ese momento Dawson se inventa una genialidad: hace ver que le cuesta sacar el balón del ruck, y cuando la defensa australiana se despliega para cubrir a los jugadores que podrían recibir su pase, Dawson corre en línea recta justo por el medio del agrupamiento, cogiendo a todos a contrapié y avanzando unos preciosos metros.

48 seg. Dawson es placado dentro de la zona de 22 australiana, en un lugar óptimo para el drop. Sus delanteros llegan para ganar el balón, pero al estar el medio melé enterrado en el agrupamiento, la responsabilidad de jugarlo recae en el flanker Neil Back.

41 seg. Wilkinson está preparado, pero Back, poco acostumbrado a tomar decisiones tan importantes, debe resolver cómo jugar ese balón: ¿lo juega con su delantera o intenta el pase a su apertura? Y entonces aparece la figura del gran capitán Martin Johnson, que asume sus galones y toma la decisión por él: empieza a correr y grita a Back. Éste le pasa el balón cuando está a su altura y Johnson percute con fuerza contra la defensa wallaby.

39 seg. Johnson no consigue avanzar mucho y es placado por la defensa australiana enseguida, pero consigue mantener el balón en posesión de su equipo y liberar a su medio melé del fondo del ruck.

34 seg. Dawson se levanta, llega al ruck limpiado por su delantera, se coloca encima del balón y echa una discreta mirada hacia atrás buscando a Wilko. Entonces realiza su interpretación final: con los pies a ambos lados del balón y las manos a punto de tocarlo, gesticula señalando a la defensa rival en fuera de juego, y justo cuando estos hacen caso a sus gestos, realiza un preciso pase a Wilkinson, colocado a 25 metros de la línea de ensayo y un poco escorado hacia la izquierda.

32 seg. Y Jonny recibe el balón. La jugarreta de Dawson le ha dado unas centésimas de segundo extras para preparar el drop. El drop que Wilko llevaba toda la vida esperando y para el que ha entrenado cada día de manera constante y paciente durante muchos años.

30 seg. Visto por las cámaras parece hasta fácil de hacer, pero todos los que lo hemos intentado alguna vez sabemos la trampa que un drop esconde y lo difícil que es orientarlo en la dirección correcta. Wilkinson realiza un movimiento que parece mecánico, automatizado. En ese momento la historia del rugby inglés se detiene: más de un siglo y medio de tradición y orgullo concentrados en un balón, la culminación de la carrera profesional de magníficos jugadores apostada a una última mano y las ilusiones de todos los ingleses pendientes de que las leyes de la física se cumplan una vez más.

Las manos sueltan el balón, éste toca el suelo con la punta y casi al mismo tiempo el empeine del pie derecho de Jonny se funde con él. El balón sale de su pie como una continuación de su bota, coge fuerza y se eleva hacia el cielo para quedarse allí para siempre.

28 seg. El balón pasa entre los palos, Inglaterra se pone por delante en el marcador 20 a 17, el público australiano se queda congelado, el inglés ruge eufórico y el comentarista de la BBC inglesa, tan flemático durante todo el partido, estalla en un sonoro “He’s done it!!!”.

26 seg. ¿Y Wilkinson?, ¿qué hizo después de conseguir la patada más importante de la historia del rugby mundial, esa patada por la que la mismísima reina Isabel II le nombraría meses después Caballero de la Orden del Imperio Británico? Esbozó media sonrisa y empezó a correr hacia su campo, pendiente de una posible respuesta por parte de Australia en los 15 segundos que le quedarían al partido, permitiéndose tan solo chocar la mano que su compañero Iain Balshaw le tiende de camino.

En entrevistas posteriores, tanto el capitán Martin Johnson como el propio Wilkinson comentaron que su único pensamiento en ese momento era que aún quedaba tiempo para que Australia dispusiese de una oportunidad para empatar o ganar el partido, por eso guardaron la concentración y no exteriorizaron sus sentimientos. Y así era. Si Australia se hacía con la pelota, el partido podría alargarse hasta que el balón saliese del campo, de ahí la importancia vital que tenía para el equipo inglés recepcionar el balón sin complicaciones.

13 seg. Australia pone el balón en juego muy rápido, cogiendo por sorpresa a algunos jugadores y a la gran mayoría de aficionados ingleses, que de la euforia inicial pasan a un estado de pánico. El balón se eleva y se dirige hacia el pilar Trevor Woodman. ¡Qué responsabilidad para un primera línea, y más aún después de haber jugado desde el primer minuto! Pero Woodman no vacila: salta con decisión, captura el balón abrazándolo contra su pecho y al caer al suelo es sostenido por sus compañeros de delantera, que trasmiten el balón para que pueda ser jugado por Dawson. Éste mira hacia atrás y grita a su línea gesticulando, pidiendo a sus compañeros que se preparen para su pase.

5 seg. En ese momento ocurre algo muy extraño: Will Greenwood, que se encuentra en la posición de apertura, no se ve con el aplomo necesario para patear el balón, así que se pone a cuatro patas y le grita a su compañero: “¡¡¡Catt, patéalo tú fuera!!!”.

3 seg. Así que Mike Catt se ofrece al pase de Dawson, atrapa el balón sin problemas, arma la pierna y patea el balón, que sale del campo dando por finalizado el partido, haciendo campeona del mundo por primera vez a Inglaterra y encumbrando a Jonny Wilkinson al olimpo de las leyendas del rugby de todos los tiempos.

Ir a la sección Palomitas para ver el partido entero

10 años han pasado desde entonces, y Wilkinson ha seguido batiendo records hasta hoy con grandísimas actuaciones, deleitando a los amantes del rugby con su precisa patada, su placaje efectivo y su liderazgo dentro del campo. Pero además de todo ello nos ha enseñado a trabajar día a día por este deporte, a superar las adversidades y a mostrar respeto en la victoria por nuestros adversarios: la imagen de Wilko entrenando durante horas el pateo a palos, con constancia y meticulosidad, su esfuerzo y tesón a la hora de superar las duras lesiones que ha tenido, y la humildad que siempre ha mostrado pese a ser la leyenda en activo más importante del rugby, hacen de Sir Jonny Wilkinson el mejor ejemplo a imitar para todos los que practicamos, enseñamos o simplemente disfrutamos siguiendo este maravilloso deporte, como se puede apreciar en el siguiente reportaje (no os podéis perder el minuto 9:40!!). Por todo ello, Wilko, sólo puedo darte las gracias, mostrarte mi más sincera admiración y desear que el viejo león siga reinando en la sabana ovalada por muchos años.

Celso Pérez Graña