Cuando el rugby se hizo arte (y la ovalada se descorcha)

Aquella tarde en Cardiff, el equipo francés pisó la hierba del Arms Park sabedor de la importancia que el partido tenía, tanto para su país como para la historia del rugby. Era el 26 de marzo de 1966 y se enfrentaban las selecciones de Francia y País de Gales en el último partido del V Naciones de ese año. En esos 80 minutos Francia se jugaba algo más que el partido: se jugaba ganar el torneo y la oportunidad de conseguir el primer Gran Slam de su historia.

La victoria tricolor apuntalaría la hegemonía francesa en el rugby europeo de los años anteriores y la confirmación de Francia como potencia rugbística mundial, además de ratificar el binomio rugby-política que los mandamases del país galo habían ido construyendo en torno a las victorias de su combinado nacional durante los años anteriores, contribuyendo a desarrollar el concepto de Exceptionnalité culturel française.

Ya en el partido, el XV del Gallo impuso su juego desde el pitido inicial: Bernard Duprat consiguió ensayar tras una carrera de 60 metros, aunque el pateo de conversión de Lacaze se estrelló en el palo derecho, y poco después el resultado se doblaba con el ensayo de Rupert, que tampoco fue transformado. Antes del descanso, dos golpes de castigo convertidos por los galeses hicieron que el marcador se ajustase: todo quedaba abierto para la segunda parte. Tras la reanudación, el juego fue de claro dominio francés, pero sin conseguir materializarlo en el marcador; y eso que la línea de Tres Cuartos francesa conjugaba ese día a los mayores talentos del país: el medio melé era Lilian Cambérabéro, el apertura Jean Gachassin, y los centros estaban cubiertos por los hermanos André y Guy Boniface, protagonistas de todos los debates rugbísticos de la época.

Muchas leyendas del rugby, al contrario de lo que se pueda pensar, no nacen de las victorias; aparecen en las situaciones difíciles cuando, aunque la cruda realidad se imponga, en la mente de los soñadores queda un poso de recuerdos imposible de borrar y que se magnifica con el paso del tiempo.

Y así ocurrió en el caso que nos ocupa: con el final del partido cerca, Gachassin decidió ser fiel a su mentalidad ofensiva y lanzó a su ala un pase de campana que le habilitaría el camino al ensayo, en vez de asegurar un drop que hubiese cerrado el resultado. Y como en toda historia de leyenda, la fatalidad quiso que el balón fuese desviado por una ráfaga de viento para aterrizar en las manos del galés Watkings, que tras una carrera de 80 metros realizaba la marca que acababa con los sueños franceses, que enfurecía a sus políticos y que condenaba al destierro del XV galo a sus jugadores más talentosos para siempre.

Aquel día el rugby francés perdió un Grand Slam, pero ganó un lugar de excepción en la historia: con este dramático fin se cerraba una época dorada del rugby francés y se daba paso a un rugby físico y tosco, resultadista. Como buena historia, la leyenda resurge de sus cenizas para hacerse inmortal: el nuevo estilo de juego consiguió grandes victorias, hasta consiguió ganar el preciado primer Gran Slam en 1968, pero en las mentes de los aficionados franceses se había quedado aprehendido el estilo de juego anterior: una concepción creativa del rugby, basada en un juego puramente ofensivo, donde los jugadores no buscaban el contacto sino que creaban espacios y jugaban a la mano, vistoso para el espectador, talentoso para el jugador y excelente en su concreción técnica; un estilo que se fue mitificando hasta ser bautizado como Beau Jeu (Juego Bonito) o Rugby Champagne.

La leyenda del rugby champagne se desarrolla en Francia, pero es difusa en el tiempo: no se concreta en unos años determinados, más bien en una época en la que el rugby era algo más que deporte; era el reflejo de un país, de su manera de ser y de vivir, su tarjeta de presentación en la esfera internacional y la seña principal de su identidad nacional.

Se sitúa en aquella Francia de la Guerra de Argelia, del FLN, la OAS, el general De Gaulle y su Vª República. En el cine, Truffaut acababa de estrenar Les 400 coups y Brigitte Bardot ascendía al cielo del celuloide convirtiéndose en el icono sexual de toda una generación. Serge Gainsbourg componía Le Poinçonneur des Lilas, Johnny Hallyday hacía su aparición en los escenarios con T’aimer follement y los jóvenes comenzaban a bailar al ritmo de Claude François y Eddie Michell. Las multitudes se agolpaban en las cunetas para ver pasar a Jacques Anquetil, que llegaría a ganar hasta cinco veces la Grande Boucle durante esos años, y el estadio parisino de Colombes se llenaba cada vez que el equipo francés de rugby tenía un compromiso internacional.

Los protagonistas de esta historia también son difusos: rugbiers talentosos de esta época como Maurice Prat y su hermano Jean, Roger Martine, Guy y Lilian Camberabero, etc. pero que se han concretado en dos figuras, dos hermanos de Les Landes llamados André y Guy Boniface, Les Boni, dos centros de Mont-de-Marsan que elevaron su posición en el campo a sinónimo de todo un estilo de vida.

André, el mayor de los dos, debutó con el XV galo en el estadio de Colombes el 26 de enero de 1954, y en su segundo partido, un mes después, formó parte del primer equipo francés que lograba ganar a los todopoderosos All Blacks. El debut de su hermano Guy se produjo bastantes años después, el 26 de marzo de 1960 en Arms Park, logrando la victoria contra el País de Gales. Los dos hermanos, primer y segundo centro en Mont-de-Marsan, se entendían a la perfección, llegando a crear una asociación tan potente que permitió al club Montois ganar el campeonato de Francia en el año 1963. Esta complicidad se convirtió en la base del Beau Jeu, del Rugby Champagne, complicidad que su compañero Bernadet resumió acertadamente cuando le preguntaron cuál de los dos hermanos era mejor: “El mejor de los dos Boni es aquel que no tiene el balón”.

André y Guy Boniface

André y Guy Boniface, en un partido entre Francia y Escocia

Pero la historia del Beau Jeu se caracteriza por sus continuas dificultades: durante esos años los dos hermanos tuvieron muy pocas oportunidades para jugar juntos con el equipo de Francia. Los seleccionadores de la época no se atrevían a hacer jugar a los dos a la vez: el resultado por delante del espectáculo. Así, sólo jugaron dos partidos juntos representando a la Tricolor antes del fatídico partido de Arms Park, privando a sus conciudadanos de un espectáculo único y suscitando grandes discusiones en el mundo del rugby de aquella época.

Y entonces llegó el partido de Cardiff; el partido perfecto para reivindicar la efectividad del dúo Boni, la primacía del estilo sobre la fuerza, la conveniencia de juntar talentos en vez de juntar músculo y peso… el partido para entrar en la historia por la puerta grande… pero el viento desvió el balón…

… y los estamentos del rugby francés quisieron purgar la derrota crucificando a sus protagonistas: Gachassin y los Boni nunca más fueron llamados a la selección, y se pasó a apostar por un estilo de juego tosco, efectivo al resultado pero no a la vista…

… y el mundo del rugby reaccionó: para el siguiente partido del equipo francés, el diario L’Equipe hizo una colecta (1 Franco cada lector) para enviar a los tres damnificados a ver el partido de Francia contra Italia en Nápoles, y así mostrar el talento que se desperdiciaba en la grada. El pueblo se manifestó por sus héroes, mostrando su indignación apenas un par de años antes de arrancar los pavées de las calles de París buscando la arena de la playa…

… y el incipiente mito se convirtió en leyenda; y si la historia del Rugby Champagne era difícil hasta entonces, un año y medio después se volvió trágica: la noche de fin de año de 1967, el coche en el que Guy Boniface se dirigía a una cena con sus compañeros se salía en una curva de la RN 133. Guy murió en el acto, con sólo 30 años, dejando a su hermano André sumido en la pena y a toda la familia rugbística francesa huérfana de su hijo predilecto; ya nunca más podrían ver las conexiones imposibles entre los dos hermanos, el ”Juego Bonito” quedaría enterrado en aquella carretera para siempre.

Se dice que el Beau Jeu tuvo dos entierros: el de Guy Boniface en su pueblo de las Landas, corazón del rugby francés, y cuando al año siguiente el XV francés ganó el ansiado Gran Slam imponiendo un juego resultadista y duro, sustituyendo la fantasía de Mont-de-Marsan por la practicidad de Béziers, con su capitán Alain Esteve a la cabeza, durante más de una década.

Pero la historia es caprichosa: después de una década de rugby duro y físico, este estilo se culmina en 1977 con la consecución de un segundo Gran Slam, aquel que no pudieron conseguir los Boni en 1966. Ese éxito fue la culminación del estilo de juego de Béziers: Francia ganó los cuatro partidos del torneo con un juego basado en su potente delantera, sin encajar ningún ensayo en contra. Pero también fue el nacimiento de un movimiento regenerador, encabezado por Daniel Herrero, que predicaba “una misión civilizadora del rugby francés frente al Rugby Rambo”. Y unidos a este discurso aparecieron de nuevo jugadores talentosos, libertarios, incapaces de jugar “encadenados”, entre los que comenzaron a destacar dos jóvenes, Jean Pierre Rives y Jo Maso, que con el tiempo ocuparían un lugar destacado en la leyenda del Rugby Champagne.

Rives, conocido como Casque d’Or, consiguió desarrollar una identidad propia en el club que capitaneaba, el Racing de París, que fue bautizada como “rugby chic”, y que se convirtió en la antítesis del “rugby choc” que identificaba a Béziers. Y Maso recuperó con su juego el gusto por el talento en la posición de centro. Según él, “el centro es un transmisor de felicidad que da aire y vida a la pelota. Mi felicidad radicaba en desbordar y crear espacios para el segundo centro o amagar una cruz y abrir hueco al ala. Siempre debemos tener un espíritu de creatividad. Un buen centro debe abandonar el campo con dolor de cabeza por lo que piensa, no con el cuerpo dolorido por los golpes”.

Siguiendo los pasos de estos jugadores, en los años 80 se produjo una segunda era dorada del Rugby Champagne, comandada por dos jugadores que se ganaron su plaza en el cuadro de honor del Beau Jeu: Phillippe Sella y Serge Blanco. El Rugby Champagne realizado por el equipo de Francia recibió entonces la atención, el apoyo y el reconocimiento que siempre se había merecido, y fue encumbrado en todo el mundo bajo la traducción de French Flair.

Philippe Sella

Philippe Sella, en un partido de V Naciones entre Francia e Irlanda

Para el recuerdo quedaron partidos épicos de esa época, como las semifinales contra Australia en la primera copa del mundo en 1987 o el Ensayo del Fin del Mundo conseguido contra los All Blacks en 1994, partidos que dieron al rugby un aire de frescura y de magia que encandiló a todos sus seguidores. De esa época son mis primeros recuerdos rugbísticos, viendo los partidos del V Naciones que de aquella televisaban en La 2, y ese estilo fue el que hizo que me enamorase de este deporte para siempre.

Desde entonces estoy atento a todos los partidos de Francia esperando volver a ver esa magia. Y es que cuando menos lo esperas, el rugby francés ofrece partidos en los que recupera ese espíritu libertario y juega con la mente abierta, buscando la excelencia, como aquel partido épico de 1997 contra Inglaterra en el que Francia, comandada por un gran Christophe Lamaison, remontó en Twickenham un resultado muy adverso; o el partido que resume la esencia del rugby champagne moderno: la victoria de Francia sobre Nueva Zelanda en las semifinales de la copa del mundo de 1999.

A día de hoy, Francia entera espera el advenimiento de la tercera época dorada del Beau Jeu, no en vano su entrenador –Phillippe Saint-André– era uno de los estandartes del equipo francés de principios de los 90. Pero la concreción de este juego se está haciendo esperar: en el VI Naciones de 2013, el XV francés vaga por el campo sin una idea fija aunque el equipo esté plagado de estrellas. Pero bueno, si hemos esperado 20 años hasta hoy, los nostálgicos de aquel juego podremos seguir esperando… y continuaremos guardando la esperanza de que en el próximo partido, los Michalak, Parra y compañía consigan descorchar la ovalada de nuevo y vuelvan a encandilar a los amantes del rugby de todo el mundo, ratificándonos una vez más en nuestra afirmación más contundente y que defenderemos siempre: “¡Qué bonito es el rugby!”.

Celso Pérez Graña