Canciones de rugby – La Marsellesa

la-marsellesaEl ritual de inicio, aunque muchas veces repetido, sigue siendo tan solemne como la primera vez. La preparación que un partido de rugby requiere es diferente a cualquier otro acontecimiento deportivo: además de poner a mano la inseparable cerveza y unos agradecidos snacks (aunque, yo pecador, en Francia cometo el “sacrilegio” de abrir una botella de Bordeaux), la tele debe estar encendida unos 10 minutos antes, y mientras ves salir a los jugadores al terreno de juego vas avisando a esos amigos noveles en esto del balón ovalado que ahora tienen que guardar silencio, que lo que van a escuchar a continuación es tan importante como cualquier minuto del partido, y que se escucha con atención y respeto, siempre respeto, porque este valor hace del rugby algo más que un deporte, y ese algo más empieza a verse en esa previa.

Si estás con autóctonos de un “país de rugby”, enseguida ves como con un gesto de cabeza te agradecen el comentario y a continuación ponen un semblante serio, cuando no la mano en el corazón y se ponen de pie, imitando lo que están haciendo los protagonistas que aparecen en la televisión. Y entonces empieza la interpretación de los himnos, y en un campo de rugby no sólo es música interpretada: es la toma de conciencia para los jugadores, es el primer canto de motivación para el público del estadio, y para los telespectadores es la certeza de que lo que van a ver es algo más que un deporte.

Cada cual tiene su preferido, como preferidos tenemos nuestros equipos, pero en ese momento nos da igual el país. Todos nos gustan. Todos tienen esa solemnidad y espectacularidad que sabemos sólo podremos captar en un campo de rugby. Porque los himnos son rugby, más allá de connotaciones políticas o de sentimientos patrios. Forman parte de la esencia de nuestro deporte, de nuestra liturgia, y por eso le damos la importancia que le damos.

Como segunda entrega de la sección “Canciones del rugby”, que inauguramos el pasado mes de marzo con la historia de la canción “Swing Low, Sweet Chariot”, hoy hablaremos de uno de los himnos más impresionantes que se pueden escuchar en un estadio de rugby, quizás el más conocido a nivel mundial, y que independientemente de su significado siempre nos pone la piel de gallina. Hoy conoceremos la historia del himno de Francia: La Marsellesa.

Para conocer su nacimiento, nos tenemos que remontar a la Francia revolucionaria, tres años después de la toma de la Bastilla, en 1792. En ese tiempo, la joven Asamblea Nacional francesa presenciaba encarnizados debates entre la facción girondina, favorable a declarar la guerra a la coalición de imperios europeos, y los jacobinos, que predicaban una paz que les permitiría asaltar el poder. Ante esta dicotomía el rey dudaba, pero finalmente Luis XVI decide declarar la guerra al rey de Prusia y al emperador de Austria, y Francia entera se levanta en armas como nunca antes lo había hecho: por vez primera, los franceses van a la guerra no para defender los intereses de un rey absoluto, sino para luchar como un pueblo por un estado-nación que los representaba, para luchar por su libertad como pueblo francés.

El estado de ilusión y excitación era tal que, en todas las ciudades del país, los representantes locales salían a la calle a pronunciar enaltecidas arengas, las guarniciones desfilaban marcialmente por calles y plazas y la población se prendía de un entusiasmo patriótico nunca antes visto. En plazas y cafés se reparten proclamas: “Aux armes, citoyens!, L’étendard de la guerre est déployé!, Le signal est donné!”, haciendo llegar este entusiasmo a todos los ciudadanos.

Contagiado de este entusiasmo, el alcalde de Estrasburgo –Frederick Dietrich- reúne en su casa a generales, oficiales y funcionarios en una fiesta de despedida antes de la batalla, en la que con entusiasmo les augura la victoria. Los generales, seguros del triunfo, presiden la mesa. Los oficiales jóvenes, enardecidos, agitan en alto sus sables, se abrazan, brindan, cantan… El vino los impulsa a pronunciar discursos cada vez más fogosos y electrizantes. Y de nuevo asoman las palabras estimulantes de los periódicos, de las proclamas, de las arengas: “¡A las armas, ciudadanos! ¡Salvemos a la patria! ¡Adelante!”. De pronto, entre los brindis y los discursos, el alcalde se dirige a un joven capitán de ingenieros llamado Rouget, que está sentado a su lado. Se acuerda que este simpático oficial, medio año antes, había escrito un bonito poema a la libertad a raíz de la promulgación de la Constitución. “¿No sería ahora ocasión, con motivo de la declaración de guerra y de la marcha de las tropas, de escribir algo igual?”, le preguntó el alcalde al capitán Claude Rouget de l’Isle.

Al pobre capitán el encargo le cogió por sorpresa. Es cierto que le gusta escribir poemas y piezas musicales, pero su talento es más bien mediocre; ninguna de sus composiciones ha triunfado hasta la fecha, aunque tienen mucha aceptación entre sus hombres. ¿Pero componerla en una noche? Aquello era una locura…

Mientras la fiesta continúa, el joven capitán se encierra en su casa y empieza a pensar cómo comenzar la composición, y en su cabeza resuenan todas las proclamas escuchadas a lo largo del día. Como un eco de estos cánticos, escribe inconscientemente la primera frase: “Allons, enfants de la patrie, le jour de gloire est arrivé!”.

Le gusta, suena bien. Y empieza a probar melodías al violín; ha encontrado su inspiración y sigue escribiendo toda la noche. No necesita inventar ni discurrir, sólo rimar cuanto ha escuchado aquel día. Y así, las palabras que casualmente había escuchado al pasar entre la gente o había leído en los periódicos, se plasmaron en papel y se convirtieron en la letra de una estrofa que su autor jamás imaginó serían universales:

Allons enfants de la Patrie

Le jour de gloire est arrivé.

Contre nous de la tyrannie

L’étendard sanglant est levé (bis)

Entendez-vous dans nos campagnes

Mugir ces féroces soldats?

Ils viennent jusque dans nos bras,

Égorger vos fils, vos compagnes.

Aux armes citoyens!

Formez vos bataillons!

Marchons, marchons,

qu’un sang impur abreuve nos sillons.

Marchemos, hijos de la patria,

Que ha llegado el día de la gloria

El sangriento estandarte de la tiranía

Está ya levantado contra nosotros (bis)

¿No oís bramar por las campiñas

A esos feroces soldados?

Pues vienen a degollar

A nuestros hijos y a nuestras esposas

¡A las armas, ciudadanos!

¡Formad vuestros batallones!

Marchemos, marchemos,

Que una sangre impura empape nuestros surcos.

Al día siguiente se pueden oír los primeros disparos cercanos a Estrasburgo. Cuando el capitán Rouget se despierta, ve por la ventana las columnas de soldados que parten hacia el frente. Se dirige entonces a la mesa y escribe en la cabecera de sus manuscritos el título de la obra que durante la noche había compuesto: “Canto de guerra para el Ejército del Rhin”.chant-de-guerre

marche-de-marseilloisInicialmente, este canto sólo se interpretó en círculos cerrados ante oficiales y burgueses, que lo tocaban en los pianos de sus salones. Su popularidad se debe a un estudiante de medicina que con los años llegaría a general, llamado François Mireur. Este joven formaba parte de un grupo de unos 500 voluntarios marselleses que debían partir hacia el frente, y que en la víspera de la partida celebraban un banquete de despedida. En mitad de la cena, Mireur comienza a cantar la canción de Rouget, sorprendiendo a sus compañeros y contagiándolos al instante de la emoción que su letra desprende. Los cánticos se suceden toda la noche, a los que se unen multitud de vecinos hipnotizados por el fervor de los soldados, fervor que se repite a lo largo del camino de los voluntarios hacia el frente: por allí por donde pasaban cantando la canción, los vecinos les acompañaban uniéndose al coro, propagando la canción por toda Francia. De esta manera, “El canto de guerra para los soldados del Rhin” pasó a ser conocido popularmente como “La marcha de los marselleses”, o como hoy la conocemos, “La Marsellesa”, que en pocos meses se convirtió en la canción del pueblo y de todo el ejército.

El éxito del himno es tan grande que es declarado “canto nacional” el 14 de julio de 1795. Y aunque es prohibida durante el Imperio y la Restauración, la Marsellesa es rehabilitada por la revolución de 1830 y orquestada por Berlioz, orquestación que dedica a Rouget de l’Isle, y en 1879 la III República la proclama himno nacional. Desde sus inicios, existen numerosas versiones de la Marsellesa, por lo que el Ministerio de Guerra adopta una “versión oficial” de la misma en 1887, después de revisar su línea melódica y su armonización. Casi un siglo después, el Presidente Valéry Giscard d’Estaing (1974-1981) quiso volver a una ejecución más cercana a los orígenes de la obra y le impuso un tempo más lento, pero en los años siguientes, durante la presidencia de François Mitterrand (1981-1995), se volvió a la versión de 1887 y actualmente se ejecuta una adaptación de esta versión.

Paralelamente, la Marsellesa ha sido utilizada en multitud de ocasiones por revolucionarios y partidos políticos de cualquier lugar del mundo y adaptada por multitud de músicos (los Beatles la incluyen en el inicio de su conocidísima “All you need is love”), destacando especialmente sus versiones de jazz y variedades, aunque quizás la versión más conocida sea la provocativa “Aux armes et caetera” compuesta por el genial Serge Gainsbourg en 1976.

Y cómo no, desde que en 1905 se empezasen a interpretar los himnos antes de los partidos de rugby, La Marsellesa representó siempre al XV de Francia en todos sus encuentros internacionales. Este canto del pueblo llamando a las armas recupera así en el rugby la alegoría de su sentido original, y la canción de los marselleses partiendo al frente vuelve a emocionar y motivar a los 15 jugadores que la escuchan en mitad del campo como siglos atrás lo hacía en los campos de batalla. Aunque su cántico siempre fue solemne, fue Jacques Fouroux, capitán del equipo de Francia en 1977, el primero que “obligó” a cantarla a pleno pulmón a sus jugadores formando un círculo, mientras él les iba repartiendo palmadas y puñetazos para motivarlos (ver La Bande à Fouroux). Y de esta manera la solemnidad para insuflar coraje a los jugadores se fue trabajando para que hoy en día, unido a la excelencia de las realizaciones deportivas, el canto de La Marsellesa por el XV de Francia sea la mejor arenga para los jugadores antes del enfrentamiento, consiga acongojar a sus oponentes y ponga la piel de gallina a todo aquel que la escuche, ya sea en las gradas o por televisión.