Cuando el rugby se convirtió en política

El boicot sudafricano, su generación perdida y el Mayo del 68 neozelandés

Si a lo largo de la historia del rugby los All Blacks se han convertido en el equipo a batir por el resto de selecciones, los Springboks siempre han sido su rival más duro, y el único equipo capaz de hacerle sombra a lo largo de los más de cien años de enfrentamiento entre los dos colosos del sur. En el recuerdo reciente de todos los aficionados aún brilla el magnífico partido que nos brindaron en el Rugby Championship del año 2013, de los más bonitos de la historia del rugby; o la gran final de la Copa del Mundo de 1995, donde el equipo sudafricano consiguió imponerse a la Nueva Zelanda de Jonah Lomu impulsado por los ánimos de todo un país (ver Un equipo, un país).

Esta lucha por la hegemonía mundial del balón ovalado tuvo su punto álgido tras la Segunda Guerra Mundial, y de esa época data la mayor humillación sufrida por el equipo neozelandés en toda su historia: cuatro derrotas en los cuatro partidos disputados en la gira sudafricana de 1949, ante unos poderosos Springboks comandados por Danie Craven en los banquillos y por Aaron Okey Geffin en el campo, pilier y pateador del equipo, que en sus 7 caps con el equipo sudafricano logró la friolera de 48 puntos.

En las dos décadas siguientes el dominio volvió a los habitantes de las islas, aunque con muchas dificultades, sobre todo en las giras en suelo africano, donde los jugadores de raza maorí no podían jugar como consecuencia de las leyes segregacionistas del Apartheid. Es justamente este sistema el que cambia la historia del rugby sudafricano a partir de 1968, ya que los países de los equipos rivales empiezan a ver con malos ojos cualquier enfrentamiento de sus compatriotas contra un equipo que representa un país abiertamente racista y represor con el 90% de su población.

Durante la década de los 70 empieza pues a subir la presión internacional contra el equipo sudafricano, y cada vez menos equipos aceptaban enfrentarse a ellos, situación que culmina en 1977 con la decisión por parte de la gran mayoría de países con tradición rugbística de realizar un boicot a este país y no enfrentarse a partir de entonces contra los Springboks, privando así al régimen Apartheid de exhibir uno de sus símbolos y al mundo del rugby de los grandes enfrentamientos que este equipo siempre protagonizaba.

Pero más que el gobierno sudafricano, el principal perjudicado por aquel boicot fue el rugby, sus jugadores y sus seguidores, que vivieron en sus propias carnes las consecuencias de dicha decisión. Especialmente, el boicot truncó completamente la carrera deportiva de excelentísimos jugadores sudafricanos, que nada tenían que ver con el régimen de su país. En esos años, jugadores de altísimo nivel se vieron privados de disputar partidos internacionales, el mejor escaparate para cualquier jugador y el reto más apasionante de sus carreras, virtuosos del oval en un tiempo y en un lugar equivocados. Así, los aficionados al rugby no hemos podido disfrutar de jugadores considerados entre los mejores de la historia de del rugby sudafricano y mundial, que han pasado a la historia con el nombre de La Generación Perdida del rugby. Jugadores como el fantástico Danie Gerber, quizás el mejor centro de la historia tras Philippe Sella, uno de esos centros excepcionales que se imponían con su juego a sus pares del equipo rival pero que sólo pudo jugar 24 partidos con la camiseta de los Springboks en sus 12 años como internacional. O el genial apertura Naas Botha, con un don innato para dirigir a sus compañeros y una patada perfecta con las dos piernas, que lo sitúa entre los 5 mejores pateadores de todos los tiempos. Y más quedan por destacar, como Kitch Christie, Uli Schmith, Ray Mordt, Neil Burger o Johan Roux, entre muchos otros; nombres perdidos para los libros de historia de manera injusta a sus méritos.

Ahora bien, el rechazo total al rugby sudafricano fue en la teoría, porque en la práctica diversos equipos sí que se dejaron tentar para jugar contra una de las grandes potencias mundiales. Francia había pactado una gira por Sudáfrica en 1979, pero el gobierno francés la anula unos pocos meses antes. En 1980, los Lions vuelven a tierras sudafricanas tras su gira de 1974, y se enfrentan a una Sudáfrica herida en su orgullo, que empezaba a notar la tensión que provocaba el boicot internacional. La decisión de este equipo contraviniendo los acuerdos que habían tomado sus gobiernos provocó las primeras reacciones en la sociedad civil británica, y las primeras voces en contra de los equipos que se saltaban el boicot fueron creciendo desde entonces de manera exponencial, culminando en la gira que el equipo sudafricano realiza en 1981 por Nueva Zelanda.

Ese año, saltándose igualmente el boicot, la federación neozelandesa organiza una gira muy pretenciosa para recibir a los Springboks: 18 partidos en diez semanas, entre los cuales destacaban los 3 Test contra los All Blacks, tres partidos en los que una vez más se decidiría la supremacía mundial del balón ovalado. Pero el rugby fue lo menos importante durante esas diez semanas…

Una vez más, el rugby se encuentra con la política, y las consecuencias sobrepasan con creces los terrenos de juego. Más que una gira deportiva, el paso del equipo sudafricano por aquellas apartadas islas se convirtió en un gigantesco tornado que levantaba todo lo que encontraba allá por donde pasaba, provocando disturbios nunca vistos en aquel país, dividiendo familias, llenando las calles de manifestaciones y, algo nunca imaginado en el mundo del rugby anteriormente, incitando a la violencia y generando un odio totalmente contrarios al espíritu del rugby.

Las consecuencias, las de siempre: el rugby – utilizado como excusa- ocupa un segundo plano, mientras que el protagonismo se centraba en barricadas cercando estadios, policías antidisturbios cargando porra en mano contra seguidores de rugby, enfrentamientos entre los propios seguidores, divididos por sangre en “antis” y “pros”, manifestaciones, altercados… Todo esto en un país pacífico, sin conflictividad social ni étnica hasta entonces, y que enarbola el rugby y sus valores como bandera y seña identitaria. La primera vez, en definitiva, que la sociedad neozelandesa se fractura de tal forma que crea dos polos irreconciliables. Un “Mayo del 68” a la neozelandesa. Y lo peor de todo, es que a primera vista el culpable, la causa de todo aquello, era muy clara: ni más ni menos que el rugby y sus valores.

Exteriores del Lancaster Park de Christchurch, rodeado de policías y barricadas, antes del inicio del primer test-match entre Nueva Zelanda y Sudáfrica, en agosto de 1981.

Exteriores del Lancaster Park de Christchurch, rodeado de policías y barricadas, antes del inicio del primer test-match entre Nueva Zelanda y Sudáfrica, en agosto de 1981.

En el medio el rugby. A un lado, la Federación Neozelandesa (NZRU) y todos aquellos seguidores para los que el deporte nada tenía que ver con la política, y que lo único que querían era disfrutar de un partido entre los dos mejores equipos del mundo, aunque uno de ellos perteneciese a un país con un régimen segregacionista. Del lado opuesto, ciudadanos que creían que la imagen de su país quedaba seriamente dañada al acoger en su tierra al símbolo de un país tiránico, los Springboks, y al contravenir los acuerdos alcanzados por su gobierno respecto al boicot.

¿Pero por qué precisamente en aquel deporte o a aquel equipo, existiendo muchas más dictaduras en el mundo? La respuesta vuelve a ser el rugby. En los dos países es símbolo nacional, más que un simple deporte, pero mientras en Sudáfrica es identitario de la raza blanca de origen afrikaner, en Nueva Zelanda es la imagen de los valores fundacionales del país: la igualdad y la integración de sus gentes, sin discriminación por raza o procedencia, unida a un fuerte orgullo por sus raíces más antiguas, representadas en la raza maorí.

Y es que en el trato a los jugadores maoríes por parte de los sudafricanos reside una de las explicaciones a este conflicto. Desde la gira que en 1921 realizan los All Blacks por tierras sudafricanas -con un equipo integrado exclusivamente por maoríes- el conflicto racial siempre estará presente en la relación entre los dos equipos. El envío de un equipo 100% “nativo neozelandés ese año provoca las primeras reacciones airadas de la prensa sudafricana, que tienen como consecuencia la formación de equipos neozelandeses sin ningún maorí en las posteriores giras sudafricanas de 1928, 1937 y 1949. Esta situación se mantiene hasta la gira de 1960, en la que, a grito de “No Maoris, no Tour”, seguidores y manifestantes salen por primera vez a la calle y presentan 160.000 firmas al gobierno y a la federación. Aún así, la gira se realiza, calificada satíricamente de “All Whites”, y una gran generación de jugadores maoríes se la vuelve a perder. Los Victot Yates, Mac Herewini, Ron Rangi, Waka Nathan y tantos otros sufrirán una vez más la humillación de ser discriminados por el color de su piel, y por ello se verán apeados de disfrutar de uno de los acontecimientos deportivos más importantes de su carrera.

no-maoris-no-tour

En los años siguientes, la presión popular empieza a dar sus frutos, y en 1967 la federación neozelandesa, bajo amenaza del Primer Ministro Keith Holyoake, se ve obligada a rechazar una gira por tierras sudafricanas, que partía con la premisa de jugar sin jugadores maorís. Es tras el asesinato del presidente sudafricano Hendrik Verwoerd que la “cuestión maorí” progresa. Su sucesor, Johannes Vorster, acaba aceptando la presencia de maorís en las giras en su país; eso sí, bajo dos condiciones: que no sean demasiados y que no sean “demasiado negros”, calificándolos como “blancos honorarios”.

Pero la bola se iba haciendo cada vez más grande, y las protestas no paraban de aumentar: en esa gira, una multitud invade la pista del aeropuerto de Auckland para evitar que despegue el avión de los All Blacks, varios jugadores rehusan participar en la gira, y la división de la sociedad civil neozelandesa empieza a fracturarse en dos polos irreconciliables: los Pro y los Contras empiezan a ocupar la escena política y social del país, sacando el debate a la calle.

Y así se llega a la gira de los Springboks de 1981, año que además coincidía con las elecciones generales en el país anfitrión. El presidente del país, consciente de lo que el rugby significa para la gran mayoría de sus electores, rechaza aplicar el boicot al equipo sudafricano, declarando 16 días antes de su inicio que “el gobierno no ordenará a la NZRU abandonar la gira”, y el presidente de la Federación tampoco pone ningún impedimento.

Ante estas actitudes, el capitán Graham Mourie decide renunciar a la gira, y la sociedad civil empieza a tomar las calles: desde su llegada, los Boks se encuentran un ambiente totalmente hostil, con manifestaciones en el aeropuerto, lanzamiento de huevos a su autobús, y los campos invadidos. El dia anterior a su debut, un granjero local consigue echar abajo la puerta del estadio con su Land Rover y esparcir por el campo cuatro sacos de cristales rotos; en el segundo partido, cientos de manifestantes invaden el campo ante los ojos atónitos de los 28.000 espectadores congregados y lanzan clavos y cristales al césped, escenas que dejan en shock a todo el país. Y a partir de ahí la ola de indignación va a más: New Plymouth, Wellington, Palmerston North, Wanganui, Invercargill, Dunedin, Napier, Rotorua, etc. Cada sitio por donde pasaban los Bocks, se convertía en ollas a presión, con manifestaciones e intentos de invasión de los campos, y barricadas policiales, escudos, porras y más de 2.000 policías rodeando los campos para proteger a los jugadores y para separar a los Pros y Contras, que desde el tercer partido protagonizaban enfrentamientos encarnizados a las puertas de los estadios.

apartheid-y-boks

Con este ambiente se llegó al punto culminante de la gira: los enfrentamientos contra los All Blacks. Los dos primeros partidos fueron encarnizados tanto dentro como fuera del campo. El balance global de estos envites marcaba una victoria neozelandesa en el primer Test-match jugado en Christchurch (14-9), una victoria sudafricana en el segundo partido jugado en Wellington (24-12), y la sociedad neozelandesa totalmente polarizada, enfrentada en dos facciones irreconciliables y envuelta en un sinfín de manifestaciones y protestas, cuyo balance final se saldó con 2.000 detenidos de los alrededor de 150.000 manifestantes que tomaron las calles durante aquellos días, y un coste total para la policía estimado en 24 millones de dólares.

Con este ambiente de odio se llegaba al último partido, el 12 de septiembre en el Eden Park de Auckland, tras casi dos meses de vergüenza para el mundo del rugby, vergüenza que se culminaría en aquel partido, y con la máxima tensión entre aficionados y manifestantes. Además, deportivamente el partido era de máxima trascendencia, ya que al haber conseguido ganar uno de los dos partidos hasta entonces disputados ambos equipos, en aquel tercero se dirimiría quién sería el campeón de la serie y, en consecuencia, el mejor equipo del mundo.

Como en los partidos anteriores, la previa del encuentro está protagonizada por la batalla campal entre pros, contras y policías en los alrededores del estadio, que impide que el partido empiece a su hora. Ya con el partido empezado, los dos equipos se van tanteando, con un juego muy duro de delantera por parte de ambos y sucediéndose los puntos en los dos sentidos, hasta que un ruido que se va haciendo cada vez más intenso rompe la armonía de los gritos de ánimo de los seguidores. Cuando la intensidad del sonido es máxima, aparece una avioneta sobrevolando el estadio, que empieza a realizar pasadas rasantes. En cada pasada, y llegó a dar más de 60, el piloto iba lanzando diversos objetos: panfletos antiapartheid, “bombas” de harina, bengalas, redes y hasta fertilizantes. El piloto se llamaba Max Jones, y por esta protesta fue condenado a dos años de prisión.

Max-Jones-nueva-zelanda

Max Jones sobrevolando el estadio

Pese a los intentos de Jones, que logra detener el juego en varias ocasiones, el partido no se da por finalizado y los equipos siguen jugando. Hasta que a 5 minutos para el final, con el resultado ajustadísimo de 19 a 18 para los locales, una bomba de harina cae directamente sobre el pilar neozelandés Gary Knight, que cae al suelo aturdido por el golpe. Cuando el jugador se recupera tras unos minutos de tensión en el campo y en las gradas, el árbitro llama a los capitanes y les pregunta si quieren continuar jugando. Tanto el sudafricano Wynand Claassen como el neozelandés Andy Dalton están a favor de jugar hasta acabar el partido, así que el juego se reanuda para vivir 5 minutos de rugby intenso, 5 minutos que decidirán cual era el mejor equipo del mundo de la época.

Gary Knight en el suelo, atendido por sus compañeros, tras impactarle una bomba de harina en el último test-match entre All Blacks y Springboks en septiembre de 1981.

Gary-Knight-1981

Al poco tiempo de reanudarse el juego, el apertura neozelandés Doug Rollerson recibe una buena pelota a 30 metros de los palos, en una posición cómoda y centrada, así que Rollerson decide jugarse el drop y consigue anotar, ampliando la ventaja All Black a 4 puntos y obligando a su rival a realizar al menos un ensayo para poder igualar o ganar. Pero los Springboks no bajan los brazos, y a falta de un minuto para el final el apertura visitante Naas Botha recupera la pelota y realiza una preciosa patada de campana, un magnífico Up & Under que él mismo recoge, para continuar corriendo, esquivar a dos defensores que le salen al paso, y justo en el momento en que va a ser placado por un tercero conseguir pasar el balón a su ala Ray Mordt, que posa el balón en la esquina de zona de ensayo. 22 a 22 y los 80 minutos de juego terminados. Sólo hay tiempo para el intento de transformación del propio Botha pegado a la línea de cal, pero Botha no cosigue pasar el balón entre los palos y el público se levanta de sus asientos pensando que todo se había acabado, y que habría que esperar unos cuantos años más para saber quién es el dominador del planeta ovalado.

Pero el árbitro no da por acabado el partido. A causa de las numerosas interrupciones por culpa del “Bombardero de Eden Park”, toma una decisión poco común en el rugby de entonces: decide continuar jugando 10 minutos más, para compensar el tiempo perdido. Así que los jugadores vuelven a la concentración y la lucha se vuelve encarnizada, buscando los dos equipos conseguir los ansiados puntos que les otorguen el cetro del rugby mundial. A 2 minutos del final, el árbitro señala un golpe de castigo a favor de los All Blacks a 45 metros de los palos, que juegan rápidamente a la mano cogiendo así por sorpresa a los Boks. Como éstos no estaban situados a 10 metros al intentar defenderse, el árbitro otorga a los neozelandeses un nuevo golpe, esta vez a 35 metros. Esta vez los All Blacks no dudan, y deciden chutar a palos a través de Alan Hewson, que transforma el chut y pone por delante a su equipo 25 a 22. A partir de ahí, aún se juegan 3 minutos más de auténtico infarto, pero los Springboks no consiguen revertir el marcador y el partido acaba sin nuevos puntos. El equipo de Nueva Zelanda es el justo vencedor del partido, y por tanto campeón de la serie y mejor equipo del mundo… pero a qué precio.

Aunque ganadores en el terreno de juego, la imagen de los All Blacks y del rugby neozelandés quedó seriamente tocada tras aquella gira: uno de los símbolos identitarios más importantes del país fue cuestionado durante aquellos 56 días, y la sociedad neozelandesa vio por primera vez la cara amarga de su mayor orgullo. El rugby y sus valores ya no podrían tener la misma fuerza moral durante los siguientes años.

Y es que cuando el deporte se utiliza como instrumento político, éste pierde su principal finalidad, y más en el caso del rugby y sus valores, donde el respeto a las personas y su dignidad está por encima de todo lo demás, hasta del propio rugby.  Las batallas de los terrenos de juego por el cetro mundial del rugby no fueron las más importantes de aquella gira; durante aquellos 56 días, la lucha principal se vivió en las calles, donde se defendió la propia esencia de ser neozelandés y hasta de ser buen rugbier, y donde fue el rugby el que perdió gran parte de las virtudes que fueron su seña de identidad hasta entonces.

Celso P. Graña